Sin autor conocido
Se cuenta de un niño que tenía mal carácter. Sus padres estaban mortificados a causa de sus rabietas y berrinches constantes. Las cosas iban de mal en peor. El padre quiso darle una lección, especialmente por su arrogancia y falta de consideración para con los demás, así que se le ocurrió lo siguiente: Le dio una bolsa llena de clavos y un martillo.
Le dijo: cada vez que te gane el mal humor y ofendas a alguien, ve allá al fondo del patio, allí hay una tabla grande, le clavas un clavo.
El primer día el niño enterró más de veinte clavos en la tabla. Así transcurrieron los días hasta que la tabla estuvo llena, no cabía uno más.
Preguntó a su padre qué seguía ahora que estaba la tabla llena.
-¿Qué crees que siga? Le respondió su padre.
-Que controle mi carácter, respondió el niño.
-Efectivamente, ya no queda un solo centímetro, eso significa que no queda una sola persona del vecindario y de la escuela a la que no hayas ofendido. ¿Crees que ahí deben parar las cosas? Preguntó el padre.
-No sé, respondió el niño.
-Bien, asintió el padre, ahora lo que sigue es que cada vez que ofrezcas disculpas a las personas que ofendiste, cuando recibas su perdón, vayas a la tabla y con la uña del martillo saques un clavo.
El niño cumplió voluntariamente esta encomienda y poco a poco fue obteniendo el perdón de las personas que había ofendido. Un día la tabla estaba vacía, no quedaba un solo clavo. El niño estaba feliz y así le informó a su padre.
Muy bien, dijo el padre, pero ¿cómo quedó la tabla ahora que ya no tiene clavos? preguntó.
-Está llena de agujeros, respondió.
-Digamos, heridas, completó el padre.
-Sí. Asintió el niño.
Bien, hijo mío, así es la vida, no importa cuántas veces pidas perdón y cuántas te lo otorguen, siempre quedará la herida. Muchas veces, esa herida no cicatriza jamás. Porque:
Entre el perdón y el olvido,
Hay una distancia inmensa.
Yo perdonaré la ofensa,
Pero olvidarla, jamás.
