(Tomado de Courrier International. Traducción de Félix Ramos Gamiño)

La digitalización de la manufactura transformará la forma en que se fabrican los productos, y cambiará también las políticas laborales
La primera revolución industrial empezó en la Gran Bretaña a fines del siglo XVIII, con la mecanización de la industria textil. Las labores que antes se hacían laboriosamente, a mano, en cientos de talleres de tejedores fueron, trasladadas a un simple depósito de algodón, y así nació la fábrica. La segunda revolución industrial llegó en los albores del siglo XX, cuando Henry Ford dominó la línea de ensamblaje en movimiento y entró en la era de la producción en masa. Las dos primeras revoluciones industriales hicieron a la gente más rica y más urbana. Ahora, una tercera revolución industrial está en marcha. La producción se vuelve digital. Como lo indica el reporte especial de esta semana, esto podría cambiar no sólo los negocios, sino muchas cosas más.
Ya empiezan a converger una buena cantidad de tecnologías notables: software más inteligente, novedosos materiales, robots más diestros, nuevos procesos (muy particularmente la impresión en tercera dimensión) y una amplia gama de servicios con base en la web. Las factorías del pasado estaban basadas en la producción de infinidad de productos idénticos. Es famosa la aseveración de Ford de que los compradores de autos podrían tener el color que les gustara, siempre que fuera el negro. Pero el costo de producir lotes mucho más pequeños de una más amplia variedad, con cada producto diseñado precisamente al gusto de cada consumidor, va en picada. La fábrica del futuro se enfocará más en la producción en masa y se podrá ver como aquellos talleres de tejedores, más que como la línea de ensamblaje en movimiento de Ford.
Hacia una tercera dimensión
La vieja manera de hacer las cosas implicaba tomar lotes de partes y de atornillarlos o soldarlos juntos. Ahora, un producto se puede diseñar en una computadora, e imprimir en una impresora de 3D, que crea un objeto sólido mediante la colocación de sucesivas capas de material. El diseño digital se puede ajustar con unos cuantos toques del “mouse”. La impresora de 3D se puede dejar sola, y puede hacer muchas tareas que resultan muy complejas para una fábrica tradicional. Con el tiempo, estas sorprendentes máquinas podrán hacer casi todo, donde sea, desde tu cochera, hasta una aldea africana.
Las aplicaciones de la impresión en 3D son especialmente alucinantes. En la actualidad, aparatos para sordera y partes de jets militares de alta tecnología se imprimen en forma personalizada. La geografía de las cadenas de suministro va a cambiar. Un ingeniero que trabaja en medio del desierto y que se da cuenta de que le falta determinada herramienta, no tendrá que esperar a que se la entreguen desde la ciudad más cercana. Simple y sencillamente puede descargar el diseño e imprimirlo. El día en que los proyectos se detenían por falta de una pieza o de un kit, o en que los clientes se quejaban de que no podían encontrar piezas de repuesto para los artículos que habían comprado, será muy pronto algo simplemente pintoresco.
Otros cambios son casi igual de trascendentales. Los nuevos materiales son más ligeros, más fuertes y más durables que los viejos. La fibra de carbono ya reemplaza al acero y al aluminio en productos que van desde aviones hasta bicicletas de montaña. Las nuevas técnicas permiten a los ingenieros armar objetos en una pequeña escala. La nanotecnología da a los productos características mejoradas, tales como vendas que ayudan a curar cortadas, motores que trabajan de manera más eficiente, y vajilla que se limpia más fácilmente. Se desarrollan virus genéticamente modificados para fabricar objetos tales como baterías. Y con la Internet, que permite que cada día más diseñadores colaboren en nuevos productos, las barreras de entrada se están colapsando. Ford necesitaba montones de capital para construir su colosal fábrica de River Rouge; su moderno equivalente puede empezar a inventar con poco más que hambre y una laptop.
Como todas las revoluciones, ésta dejará sus víctimas. La tecnología digital ya ha sacudido a los medios de comunicación y a las industrias detallistas, de la misma forma en que las fábricas de algodón aplastaron a los talleres manuales, y el modelo T dejó a los herradores sin trabajo.
Mucha gente mirará las fábricas del futuro y se estremecerá. No estarán llenas de sucias máquinas manejadas por hombres en aceitosos overoles. Muchas relucirán de limpias, y estarán casi desiertas. Algunos fabricantes de automóviles producen en la actualidad el doble de vehículos por empleado, que hace una década o algo así. La mayor parte de los trabajos se desempeñarán no en las instalaciones de la fábrica, sino en las oficinas cercanas, que estarán llenas de diseñadores, ingenieros, especialistas en tecnología e innovación, expertos en logística, equipos de mercadotecnia y otros profesionales. Los trabajos de manufactura del futuro exigirán más práctica. Muchas tareas repetitivas y aburridas quedarán obsoletas. Ya no se necesitarán remachadores para productos que no tienen remaches.
La revolución afectará no sólo la forma en que se hacen las cosas, sino dónde. Las fábricas se instalaban anteriormente en países de mano de obra barata, a fin de abatir los costos de producción. Empero, los costos de producción son cada vez menos importantes: una primera generación de iPad, de 499 dólares, incluía sólo unos 33 dólares de trabajo de manufactura, de lo cual, el ensamble final en China significaba solamente ocho dólares.
La producción en el exterior cada día se vuelve más hacia los países ricos, no porque se eleven los costos en China, sino porque las compañías quieren estar más cerca de sus consumidores, a fin de poder responder más rápidamente a los cambios que exigen. Y algunos productos son tan sofisticados, que les conviene tener en el mismo lugar a la gente que los diseña y a la gente que los fabrica.
El Boston Consulting Group reconoce que en áreas tales como transporte, computadoras, fabricación de metales y maquinaria, el 10-30 por ciento de los bienes que Norteamérica importa actualmente de China, podrían, para el año 2020, hacerse en el país, impulsando el ingreso de los Estados Unidos de 20 a 55 billones de dólares anuales.
El shock de lo nuevo
Los consumidores no batallarán para adaptarse a la nueva edad de mejores productos, entregados rápidamente. Sin embargo, para los gobiernos podría ser más difícil. Su instinto es proteger industrias y compañías que ya existen, no a las upstarts que podrían destruirlas. Ellos protegen a las viejas fábricas con subsidios, y acosan a los jefes que quieren enviar la producción al extranjero. Gastan billones para respaldar las nuevas tecnologías que, apoyados ensu sabiduría, piensan que van a prevalecer. Y se aferran a la creencia romántica de que la manufactura es superior a los servicios, por no hablar de las finanzas. Empero, nada de esto tiene sentido. Las líneas entre la manufactura y los servicios se están difuminando. Rolls-Royce ya no vende motores de jet; vende las horas que cada motor utiliza mientras un avión surca los cielos. Los gobiernos siempre han sido malos para seleccionar a los ganadores, y todo indica que seguirán así, e incluso peor, en tanto que legiones de emprendedores y experimentadores realizan diseños en línea, los hacen productos en casa, y los comercializan globalmente desde un garage. En tanto que la revolución hace estragos, los gobiernos deberían dedicarse a lo básico: mejores escuelas para una fuerza de trabajo más capacitada, reglas claras, igualdad de condiciones para las empresas de todo tipo. Que el resto se lo dejen a los revolucionarios.
