En el avión hay un piloto. ¡Es usted!

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Por Lionel Robert

(Tomado de Paris Match. Traducción de Félix Ramos Gamiño)

Foto de Clément Choulot

Información práctica

Situado cerca de Dinard, en Ille-et-Vilaine, este simulador de vuelo, originalmente destinado a un uso exclusivamente profesional, reproduce fielmente el pilotaje del Fokker 28, un aparato que data de finales de los años 60. La actividad, abierta al público desde hace ocho meses, está dirigida a quienes sueñan en tomar los comandos de un gran aparato o que quieren acabar con la angustia que les produce viajar en avión. 

Y si bien la experiencia se revela emocionante, no es, en cambio, nada barata. Prepárese usted a pagar 800 euros por hora, a sabiendas de que el organizador no otorga un lugar sino a partir de dos horas de reservación. ¡Pero nada le impediría a usted completar las diez horas!

Único en Europa, este simulador de vuelo, abierto al público, se dirige a los apasionados, así como a quienes tienen fobia del avión.

¿Están listos para el despegue?  

La pasarela se levanta. La puerta del aparato se cierra. Con la vestimenta adecuada para la ocasión, el aprendiz-comandante a bordo penetra en la cabina del piloto, arregla el asiento y los pedales, antes de abrocharse el cinturón. A su lado, un instructor, experto en el pilotaje del Airbus y del Boeing, se asegura del contacto con la Torre de Control, verifica la existencia del combustible virtual y da las últimas instrucciones como preparación para el despegue. El recorrido puede empezar.

A través del parabrisas, la aparición de la pista marca el inicio de las hostilidades. La palanca en una mano, el comando de gas en la otra, el alumno debe ahora poner en práctica la información recibida en la mañana.

A 200 kilómetros por hora, sin esfuerzo aparente, pero con  el ruido del reactor claramente presente, las 30 toneladas del Fokker 28 despegan de la tierra firme en dirección a las nubes. Y es el inicio de un bonito paseo, de un centenar de kilómetros, sobre un océano imaginario. Altitud: diez mil metros. Velocidad de crucero: 850 kilómetros por hora. Hay una temperatura exterior de – 56 °C, pero eso no impide que el piloto transpire cuando se dispone a aterrizar. Efectuado de noche, el ejercicio consiste en hacer la operación de manera irreprochable. De ello depende la vida de los 85 pasajeros.

Con un ojo sobre el nivel del suelo, y con el otro sobre los aparatos de a bordo, el neófito sueña en tocar tierra suavemente, y recibe una lluvia de aplausos del personal. Orgulloso y aliviado, se va con su diploma, que certifica sus cualidades aeronáuticas… y una nueva forma de abordar el avión.

 

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