Vancouver, a la vanguardia de las ciudades verdes

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Por Marielle Court

(Tomado de Le Figaro. Traducción de Félix Ramos Gamiño)

Odd Andersen/ASSOCIATED PRESS

La meta ha quedado claramente establecida: convertirse, para el año 2020, en la ciudad más verdel del mundo; un título que muchas urbes se disputan en un momento en que se reconoce el papel sustancial de las colectividades en Rio + 20. El año pasado, la canadiense Vancouver fue clasificada en tercer lugar, después de  Copenhague y San Francisco. 

Las ideas para alcanzar este objetivo han brotado de todas partes. La célula económica ha puesto manos a la obra a fin de promover el surgimiento de empleos verdes. “En la actualidad contamos con 15 mil, y deseamos que lleguen a 30 mil; esto es, ocho mil más de lo que sería la tendencia natural”, explica Sadhu Aufochs John­ston, uno de los auxiliares de la alcaldía. Entre los numerosos compromisos oficiales figuran los de reducir en 33 por ciento las emisiones de gas de efecto invernadero; construir edificios nuevos, neutros en carbono; disminuir, de manera drástica, las parttículas incineradas; e, incluso, reducir la circulación automotriz.

Reducir la presencia de automóviles es un reto de envergadura: aun cuando su uso empiece a disminuir, “es muy difícil lograr que los ciudadanos –que en el papel están de acuerdo- cambien sus costumbres”, reconoce el representante municipal.

Esto se contempla ya como una reconquista del centro de la ciudad. Es un cambio de paradigma en un país en el que el hábitat se concentra en los suburbios. La alcaldía promete la puesta en servicio, de manera gratuita, de vehículos eléctricos, y ha creado carriles exclusivos para bicicletas, lo cual constituye una pequeña revolución en América del Norte. Vancouver acaba de adoptar las bicicletas, a semejanza de lo que existe en numerosas ciudades europeas.

“Jardines Comunitarios”

El Ayuntamiento ha comenzado una reconversión de estacionamientos en jardines, destinados a dotar de legumbres a los habitantes del barrio. Se promueve, de manera intensa, el reciclaje de todos los residuos y escombros resultantes de las demoliciones de edificios. La meta es ambiciosa. Cerca de 800 casas son demolidas cada año, aunque los resultados son confidenciales hasta el  momento.

Convencer a los 500.000 habitantes de la ciudad de que es necesario actuar también en el plano energético no es ninguna tarea fácil. En efecto, Canadá dispone de una energía que figura entre las más baratas del mundo. El uso masivo de la hidroelectricidad es lo más común, pero se debe también al petróleo extraído de las arenas bituminosas más contaminantes, y al gas de esquisto. “El impuesto sobre el carbono aplicado en la Columbia Británica y en la provincia de Quebec resulta lo más eficaz para lograr que los ciudadanos o las empresas se vuelvan hacia las energías renovables”, anota Sadhu Aufochs Johnston.

Es así como la Universidad de Columbia Británica acaba de lograr un acuerdo con la empresa Nexterra, a fin de iniciar en el campus un plan piloto que permita la generación de electricidad a partir de la biomasa. “Con este sistema deberemos de cubrir entre el 20 y el 25 por ciento de nuestras necesidades, y en esa forma lograremos importantes economías sobre el impuesto por el carbono”, se felicita un funcionario de la universidad.

Dado que los Estados Unidos no han creado este impuesto al carbono, una parte de los conservadores querrían impugnarlo en Canadá. Sin embargo “si logramos hacer conmprender a la gente que el ser ecológicos no cuesta dinero, sino que, por lo contrario, nos lo da a ganar, habremos logrado nuestro objetivo”, insiste Amanda Pitre-Hayes, directora de desarrollo durable para la comunidad. La ciudad tiene un plazo de ocho años pára enfrentar el reto.

 

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