El Tío Laureano

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Tomado de El Porvenir

Jorge Pedraza

cerralvoEl noreste mexicano es rico en personajes de la cultura popular. Son filósofos en mangas de camisa, como dijera don Alfonso Reyes. Se han hecho famosos por sus anécdotas, algunas reales, otras inventadas por sus seguidores. Son filósofos de la obviedad. Sus ocurrencias enseñan y divierten.

Así tenemos, por ejemplo, al maestro Hermenegildo Torres, Presidente del PUP; al Filósofo de Güemez, que afirma tranquilamente que estamos como estamos porque somos como somos; al periodista Armando Fuentes Aguirre “Catón”, que escribe a diario en más de 150 periódicos y que con humorismo nos hace pensar y nos alegra la vida.

En este grupo no pueden faltar dos personajes de Los Herreras, Nuevo León. Una es la anecdótica y legendaria Tía Melchora y el otro es el actor, compositor y cantante Eulalio González “Piporro”, que con su ingenio trascendió las fronteras de la Patria.

Alguien que no puede faltar es el Tío Laureano, quien nació en Cerralvo, Nuevo León, y vivió gran parte del tiempo en Nava, Coahuila- A este personaje hemos de referirnos en esta ocasión. Una de sus anécdotas más famosas, es aquella en la que manejó la exageración en grado superlativo.

El Tío Laureano había asistido a una boda en la ciudad de San Antonio, Texas. Cuando regresó a Nava, poblado del Estado de Coahuila en donde se había avecindado, les narró a sus vecinos los pormenores de este acontecimiento social. Según el Tío Laureano, los invitados sumaban más de 20 mil invitados. Ya se imaginarán ustedes el tamaño del salón: “era desde aquí (estaba en el centro del pueblo) hasta la sierra…”

La orquesta era numerosa. Tan sólo los violines y las trompetas sumaban más de 200. Para poder proporcionar alimento a todos los asistentes, habían tenido que sacrificar cientos de reses, carneros, aves, sin faltar –por supuesto— los cangrejos, langostas, el salmón y el caviar. El whiskey, el cognac, los vinos generosos: tinto, blanco y rosado, el tequila, el vodka y la ginebra, fluían a través de fuentes en donde el líquido brotaba permanente e interminablemente. Cada pareja era atendida en forma personal por un mesero.

Cuenta Catón que no faltó algún escéptico que le dijo: –Ah jijo ¿pos de qué tamaño sería el pastel? El Tío Laureano volvió la vista hacia el gran kiosco de la plaza, como buscando algo con qué establecer comparación. La esposa del Tío advirtió el gesto y dijo, cautelosa, a su marido:

–Mídete, Laureano. No vas a tener belduque (cuchillo) pa’ partirlo.

Hasta aquí la anécdota que nosotros también hemos contribuido a exagerar un poco. Hemos querido recordarla, ahora que hemos tenido en nuestras manos el libro “El Tío Laureano de Nava”, que ha escrito y publicado nuestro buen amigo, el historiador coahuilense Álvaro Canales Santos. Nava, es el nombre del municipio donde transcurrió la mayor parte de la existencia de este personaje que nació en Cerralvo, Nuevo León, y que vivió un tiempo en los Estados Unidos.

Con prólogo de Armando Fuentes Aguirre “Catón”, Álvaro dedica esta obra al maestro Arturo Berrrueto González, navense de corazón, quien es sobrino del Tío Laureano. Según una sobrina, su Tío Laureano “era un hombre de mediana estatura, güero, de ojos azules…”

Pero veamos otras anécdotas del Tío Laureano, que nos cuenta Álvaro:

NO HAY QUE AMARRAR LOS CERDOS AJENOS Fama tiene Nava que en la Villa sus vecinos criaban puercos, lo que con el tiempo vino a convertirse en una próspera y verdadera industria, sistematizada y con comercio en gran escala. En los tiempos del Tío Laureano, éste se quejó ante el presidente municipal de la proliferación de cerdos, sobre todo los que andan sueltos en el solar dispuesto para plaza principal. El Presidente Municipal mandó se pegaran unos avisos que anunciaban lo siguiente: Por orden de la autoridad municipal, el que tenga marranos que los amarre y el que no, que no. Al leerla, el Tío Laureano le reclamó al edil esa absurda redacción, pero éste le explicó que obedecía a que en Nava se habían avecindado personas que tenían la malsana costumbre de amarrar a los cerdos … ¡pero sólo a los ajenos!.

PERMISO ESPECIAL PARA PORTAR ARMAS

El Tío Laureano tenía algunos negocios pendientes en la ciudad de Monterrey, pero como debía de llevar dinero en efectivo, temía un asalto, así pidió al Presidente Municipal – su compadre – un porte de armas. Este, desde luego, le extendió un oficio, en donde más o menos decía así: Yo Presidente Municipal de Nava, autorizo a mi compadre Laureano de León, portador de la presente, para que traiga pistola cuando quiera y donde quiera, fulano de tal, Presidente Municipal de Nava (Rúbrica y sello).

Días después caminando el Tío Laureano por las calles de Monterrey fue abordado por dos policías ya que andaba armado y eso era una violación al Reglamento. Laureano les mostró el oficio que llevaba de Nava, los genízaros le explicaron que eso en Monterrey no tenía validez, que los acompañara a la Comandancia, pues no podía andar armado, a lo que el Tío Laureano, abriéndose el saco les mostró tan sólo la funda vacía, de la que salía y era visible sólo la parte de abajo ¡Si andaba probando el oficio de mi compadre, el que no vale para pura tiznada!, el que desde luego, no tenía validez en ninguna población fuera de Nava.

ABRIR UNOS HOYOS PARA TAPAR OTROS

Las mejoras materiales del pueblo de Nava seguían siendo la responsabilidad del Tío Laureano y en una de sus frecuentes inspecciones, después de las lluvias de septiembre, una mañana se encontró un gran hoyo enfrente del templo de San Andrés y la plaza de desde las afueras. Sus consideraciones las anotaba en una libretita y luego se fue a su tienda “El 5 de Mayo”, muy cercana al centro. Regresó y tomó medidas con una regla de madera de a metro, volvió a anotar en su libreta y regresó nuevamente a la tienda. Consideraba las dificultades que traería el acarreo de la tierra. Se trajo a dos peones y les ordenó que hicieran otro hoyo a cercana distancia, cuya tierra serviría para colmar el primero y así se cavaron cinco hoyos hasta llegar a la acequia al otro lado de la plaza.

Desconcertante procedimiento, que no tiene nada de extraordinario por paradójico que parezca, pues estamos acostumbrados a que algunas obras públicas se lleven a cabo del centro hacia fuera y no a la inversa como debería de ser.

EL TREN QUE VENÍA DE FRENTE Don Laureano tenía un molino y un sembradío de trigo al norte de Nava, un poco más allá un agostadero con aproximadamente un ciento de reses. En 1883 se tendían las vías del ferrocarril por esas sus propiedades y don Laureano no previendo los accidentes, no instaló cerca de uno y otro lado del camino de fierro. Las consecuencias pronto se dejaron sentir una vaca se atravesó al paso del tren, éste la arrolló y desde luego la dejó muerta. Avisado el Tío Laureano fue a ver el percance. Contemplaba la escena, y una y otra vez veía y veía, hasta que le dijo al encargado del ganado. ¡Qué bueno que el tren venía de frente, porque si se viene de lado nos hace matazón de vacas!

EL PILON

Por último y como un pilón, de los que daba el Tío Laureano en su tienda “El 5 de Mayo”, andaba éste en le ciudad de México y en varias partes veía anuncios del licor de moda: Madero, Vino de Parras, por lo que él con gis pintó en varios muros, para no quedarse atrás: “Laureano, Vino de Nava”.

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