Biología, filosofía y política: microbioma y el ecosistema humano

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Emilio Muñoz, Presidente del Comité Científico de ASEBIO

bioloychromosomeEn las incursiones sobre filosofía de la política científica, programa iniciado a finales del siglo pasado y que sigue desde entonces, he recurrido por simplicidad explicativa a caracterizar las complejas trayectorias de dichas políticas en virtud del complemento circunstancial. Así, se distingue entre políticas para la ciencia (producción del conocimiento), políticas por la ciencia (transferencia del conocimiento) y recientemente, fruto de las políticas apoyadas en el trinomio I+D+i, he empleado el término de políticas con la ciencia, ya que en éstas predomina la cooperación como elemento estratégico básico. 

También persigo como objetivo intelectual y de proyección práctica, en el marco de la indagación en filosofía de la biología y dentro de una visión evolutiva, la búsqueda de analogías entre las políticas de ciencia y tecnología y los avances de la biología.

Curiosamente, podemos recorrer la evolución de la nueva biología, sobre análisis de aproximación global (las ómicas, la biología de sistemas, la biología sintética), lo que permite encontrar analogías con las políticas identificadas en virtud del complemento circunstancial.

Es significativo a este respecto el reciente impulso dado al conocimiento del ecosistema humano (Investigación y Ciencia,número de agosto de 2012, págs. 16-23) con la identificación de una serie de datos sobre la cooperación ente las bacterias que habitan en nuestro cuerpo (el microbioma) y el adecuado funcionamiento del mismo.

Como Jenifer Ackerman, escritora y divulgadora científica, señala en el artículo citado, se ha producido un importante giro en el conocimiento de la fisiología de los seres humanos. Hasta finales del siglo pasado, se consideraba a los humanos como seres autosuficientes para regular su fisiología interna. Se creía en la capacidad para sintetizar todas las enzimas implicadas en la utilización de los alimentos y en las tareas de reparación de nuestros tejidos y órganos: eran las señales internas las que dictaban sensaciones como el hambre o la saciedad. Y el complejo sistema inmunitario esencial para regular las relaciones entre lo propio y lo ajeno, alcanzaba el aprendizaje de sus células especializadas como resultado de procesos internos que reconocían y atacaban a los microorganismos y agentes tóxicos mientras que eran capaces al mismo tiempo de reconocer nuestros tejidos.

El giro se ha producido con el convencimiento de que el cuerpo humano, lejos de operar con autosuficiencia, se asemeja a un ecosistema o- como apunta Ackerman en línea con la corriente dominante- a una red social que contiene millones y millones de bacterias y otros microorganismos que contribuyen al sistema celular en una proporción diez veces superior al número de células humanas específicas.

Como el biólogo Sarkis K. Mazmanian del Instituto Tecnológico de California apunta: “Nuestro narcisismo nos ha impedido avanzar, hemos tendido a pensar que disponíamos de todas las funciones necesarias para nuestra salud”.

Los avances en informática y en secuenciación génicas que son algunas de las aproximaciones interdisciplinarias que caracterizan a lo que he dado en llamar biología (biotecnología) contemporánea, han permitido elaborar un catálogo detallado de todos los genes bacterianos que componen el conjunto de organismos que forman el microbioma. Cada individuo posee un microbioma propio como resultado del proceso de evolución formativa del propio individuo y con el reconocimiento de la importancia fundamental de la interacción con el entorno.

Hace ya unos decenios, como fruto de la investigación sobre procesos de digestión y sobre la producción de vitaminas, se alcanzaron los primeros indicios sobre los efectos beneficiosos de los microbios. Particularmente interesante es lo relativo a las necesidades de vitamina B12. En la década de los ochenta del pasado siglo, se identificó el papel esencial de esta vitamina en procesos tan importantes como la producción de energía celular, la síntesis de ADN y en la fabricación de ácidos grasos, entendiéndose al mismo tiempo que solo las bacterias disponían de los enzimas con la capacidad de generar esta relevante vitamina.

Dos son los ejemplos más significativos del provecho derivado de la hermandad bacteriana. Bacteroides thetaiotaomicron, con una batería de más de 260 enzimas, descompone la complejidad de los hidratos de carbono presentes en los alimentos vegetales ante la incapacidad de los seres humanos para degradar tales sustancias. Por otro lado, se ha reivindicado a la famosa bacteria Helicobacter pylori, que cambia su estatus de agente patógeno al de comensal, ya que regula el nivel de acidez en el estómago e interviene en la regulación de la grelina, hormona que informa al cerebro de que se necesita alimento para la actividad corporal. Un tercer caso de importancia se añade recientemente, el equipo de Mazmanian ha descubierto que la presencia de otra bacteria, Bacteroides fragilis, ayuda a mantener el equilibrio inmunitario.

Sin embargo, la asociación entre el mundo microbiano y los seres humanos está siendo modificada por cambios sociales, en principio orientados a reducir las enfermedades infecciosas y sus riesgos, gracias al descubrimiento y uso de antibióticos, pero estos cambios también derivan en pérdida de microbios beneficiosos. Esto implica nuevos desarrollos en el campo de la nutrigenómica y de los alimentos saludables, en un círculo fascinante. Esta problemática hay que abordarla desde una visión interdisciplinar: tiene sentido combinar biología con filosofía, ámbitos a los que se añadirían las decisiones políticas. Y toda esta reflexión se proyecta, en un terreno socio-político actual y global, sobre la idea de que solo con austeridad no se puede sobrevivir.

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