Luis Eugenio Todd
La universidad se creó no sólo para almacenar el conocimiento generado por la explosión de la comunicación que Gutenberg propició al inventar la imprenta en 1450. También, desde esa época, se le encomendó generar conocimiento a través de la investigación científica y de la concepción plástica. Bajo estos conceptos clásicos, la universidad mexicana respondió, en 1920, al proyecto de autonomía de Córdoba, Argentina, e integró sus objetivos no sólo al conocer, al saber y a investigar, sino a los derivados de su proyección social comprometida con la circunstancia histórica de la Revolución. Mientras eso sucedía en nuestro país, en las universidades sajonas, en general, y de Norteamérica, en particular, se fomentó la investigación científica y tecnológica vinculada a la productividad.
El progreso tecnológico se desarrollaba en el norte, y las instituciones educativas mexicanas soslayaron la importancia de la investigación científica y sólo impulsaron la profesionalización vinculada con el trabajo y la proyección política social. Por esa razón, nuestra Universidad despegó muy lento en la generación de los nuevos conocimientos, ya que a partir de 1933, cuando nació la nueva Universidad de Nuevo León, la estructura se adaptó a la circunstancia histórica de un socialismo criollo que caracterizaba esa época.
Sin embargo, las facultades de Medicina, Biología y Ciencias Sociales desarrollaron programas de investigación que mantuvieron viva la luz de este objetivo fundamental de la Universidad. De aquella época recordamos al egregio químico Beltrán, a Pedro de Alba, a Juan Manuel Elizondo, así como al célebre Dr. Eduardo Aguirre Pequeño, fundador del Instituto de Investigación y gestor de las facultades de Biología y Agronomía.
Todo este tropel histórico, al que fue sometida nuestra institución durante 75 años, se ha caracterizado por diferentes épocas que pudiéramos sintetizan describiendo la primera como aquélla de las discusiones ideológicas y de la inquietud participativa en lo político y en lo social. La segunda época parte de la tremenda crisis política derivada del movimiento de 1968, que flageló a la institución al verse comprometida en un rumbo confuso de actitudes revolucionarias sin objetivos concretos. Vino entonces la época de transición durante el rectorado que nos tocó coordinar de 1973 a 1979. En éste se fomentó la pluralidad en la unidad, y se regresó a los cauces de la legalidad y del diálogo, pavimentándose de nuevo las avenidas académicas de la institución para alejarla de cualquier política partidista.
Recuperada la estabilidad, vino la época de la continuidad en el fortalecimiento académico; así, durante los últimos años del siglo XX, se fortalecieron los proyectos de investigación y la ciencia tuvo la prioridad que debe tener en una institución de educación superior. Las actuales circunstancias aseguran el progreso permanente de nuestra alma máter, como el proyecto gubernamental de la Ciudad del Conocimiento y la presencia en la UANL de autoridades que fomentan múltiples centros de investigación de ciencia, innovación y transferencia tecnológica.
Nuestra universidad vive la investigación, la innovación y la creatividad artística, fortalecida por el icono histórico recuperado: el Colegio Civil. Estos aciertos son las mejores velas que dan luz a este bello pastel que celebra los 75 años de vida de la nueva UANL. Por eso debemos ponerla en el nicho sagrado del conocimiento; respetar su autonomía y abrir el horizonte de la libertad que la Universidad requiere para, como dijo Alfonso Reyes y lo ratificó Rangel Frías: «Ser el faro luminoso que alumbre la cultura del norte de México».
