Javier Estrada
UNA ESPERANZA DE VIDA
Muchos de ustedes se preguntaran a qué se deben las fotos desde el hospital, durante el tratamiento y demás. Sinceramente, al principio no me gustaba la idea de andar publicando o platicando de lo que me pasaba, como si fuera cualquier cosa. Sin embargo, ahora que ya estoy consciente de lo que he tenido que luchar, y que sé que mi Dios está de mi lado y me fortalece, no tengo inconveniente en compartir con ustedes mi historia.
TODO COMIENZA…
Corría el mes de febrero. Tras despertar y dirigirme al baño, a hacer lo que uno hace cuando despierta y va al baño, me di cuenta de que algo no andaba bien. Había un poco de inflamación en el área… mmm… “no pública”; pero, como todo buen ser humano bruto, no le presté mayor atención. Pensé que se pasaría con el tiempo, y seguí mi vida normal. Sin embargo, dicha inflamación crecía rápidamente y empezó a tomar una consistencia dura, como piedra, aunque no me producía dolor ni molestia, hasta que llego un momento en que me di cuenta de que ya no caminaba de manera normal, ya que el crecimiento era mucho. Sí, fue demasiado estúpido de mi parte.
Por fin me decidí a ir al médico, tranquilizado porque, según mi “investigación” en Wikipedia ,se trataba solo de era una hernia, tal vez de la ocasión en que la camioneta se atasco en La Huasteca. Total, fui con el doctor, y efectivamente me dijo: “No, m’ijo. Eso es agua. Es una hernia que tienes ahí. Te voy a mandar con el urólogo pa´ que te cheque”.
Y ahí voy yo, bien campante. Una hernia… máximo dos días de incapacidad. Todo bien… nada fuera de lo normal. ¡Estúpido de mí…! No tenía la menor idea…
CON EL URÓLOGO
Urólogo: dícese del doctor que te checa tus partecitas de niño, pa´ ver si están mal. El primer chequeo es siempre muy incomodo; pero, pus, ahí, platicando, se hacen menos largos los minutos… El doctor me ordenó hacerme unos estudios.
Gracias a Dios, el urólogo que me trató es súper buena onda, bien chamaco. ¡Me veo más viejo que él! Desde el principio siempre fue muy claro en todo: “puede ser solo una hernia, pero también puede ser algo malo”. Ahí es donde uno dice: “¡¡¡Ah caray!!!”
Siempre he tenido la idea de prepararme para lo peor. Así, si lo peor llega, pues ya estaba preparado, y si no llega, pues también. Total, que, para mi segunda cita con el urólogo, ya iba yo bien preparado para unos exámenes de esos en que te meten en una maquinota gigante y te toman fotos de todo lo que traes adentro.
El urólogo analizó los resultados y su cara de seriedad y preocupación lo decía todo, aunque él intentaba suavizar las cosas y que no sonara tan feo. Soltó una risa cuando le dije:
-A ver, doc… ¿se puede operar?
-Sí.
-Y hay posibilidad de que se cure?
– Sí.
-Entonces, ¡¡¡a darle!!!
LA PALABRA CON “C”
Esa fue la primera vez que escuché el diagnostico: “Tumor maligno de comportamiento incierto”. Ese fue el primer diagnóstico real de mi enfermedad: un tumor de casi medio kilo, que crecía muy, muy rápidamente. El siguiente paso: la cirugía.
Es curioso. Uno nunca se imagina que de un día para otro esté enfermo de esa manera. Se escuchan tantas historias, de triunfos y derrotas… pero nadie se imagina que esto le puede pasar…
Doy gracias a Dios por habernos dado, a mi familia y a mí, la fortaleza y la sabiduría para afrontar esta batalla, así como por haberme puesto personas maravillosas en este camino.
Total, que en una semana me detectaron la enfermedad, y ya estaba listo para la operación: una orquiectomía. No lo busquen en Google… es muy feo…
EN EL QUIRÓFANO
Ya en preparación para la cirugía, me conectaron el catéter. Seis veces intentaron enchufar esa cosa, y nomás no se dejaba. Casi creo que dolió más la enchufada del catéter, que la operación completa. Debo mencionar las excelentes atenciones del personal del Hospital San José. Si no ha sido porque me sacaron un pedazo de adentro, podría jurar que estaba de vacaciones.
La entrada al quirófano fue como de película: las lámparas y todo. Me sedaron mediante la famosa ráquea, de la mitad para abajo, y me “amensaron” con gas… así que estuve medio consciente durante la operación: podía sentir los tirones y jalones para sacar al enemigo, y escuchar la reacción de los doctores. Pude, incluso, ver el tumor, ya extraído, en una bandeja, y escuchar la risa del doctor cuando le pregunté: » Wooo, ¿eso eraaaa???»
Dos horas después y 700 gramos de tumor menos, terminó la cirugía. La primera batalla estaba ganada. La guerra apenas comenzaba.
¿PEOR EL REMEDIO QUE LA ENFERMEDAD?
Quimioterapia. Cuando uno escucha esa palabra, le vienen a la mente tantas cosas, feas casi todas. Sin embargo, era lo que seguía en esta guerra y no nos íbamos a rendir.
No les mentiré. La quimioterapia es una de las cosas más feas (si no la que más) que me han pasado. Mi madre no entendía por qué, en vez de sentirme mejor con el tratamiento, cada día me sentía peor. Yo se lo explicaba de la siguiente manera: “la quimioterapia no es un medicamento; es un veneno, un veneno que mata células, y lamentablemente agarra parejo. Entonces, prácticamente tomas veneno, esperando que mate primero a las células malignas que a las buenas”.
Gracias a Dios, y a toda la gente que estuvo conmigo en esos días: cinco horas al día, cinco días a la semana, cuatro semanas conectado a una máquina que inyecta veneno en mi cuerpo. Afortunadamente, mediante una cirugía, me injertaron una válvula, a través de la cual se administra el tratamiento, sin tener que conectar la vena a diario.
ALGUNOS EFECTOS
Permítanme decirles algo de lo que me pasó: perdí el cabello (tooodo el cabello); sentía náuseas, cansancio, dolor en las articulaciones, debilidad… Había días en que no podía levantarme de la cama, y experimentaba la horrible sensación de comer algo delicioso, e inmediatamente correr al baño a vomitar. Los síntomas físicos eran muchos… pero pude darme cuenta de algo: el hecho de sentirme verdaderamente fatal significaba que el tratamiento estaba cumpliendo su función: matar células.
Pero fuera de todos esos padecimientos físicos, producto del tratamiento, hubo algo que sinceramente estuvo a punto de hacerme caer: la ansiedad, ese sentimiento de que poco a poco te conviertes en un monigote inútil; ver que tu familia sufre y batalla, y no poder hacer nada; un sentimiento de impotencia que poco a poco te va quebrantando, mental y emocionalmente.
Gracias a Dios, que me dio la fortaleza espiritual para seguir luchando contra eso; y no me dejó caer, cuando yo veía personas que se rendían emocionalmente, y solas iban aceptando un final trágico.
Recibí cuatro, casi cinco meses de quimioterapia. Afortunadamente, el tratamiento dio muy buenos resultados, y podíamos observar que los niveles de la enfermedad bajaban rápidamente. Pero hay un dicho que reza: “no cantes victoria antes de tiempo”… Muy cierto.
La ecuación de mi vida
CÁNCER = ENFERMEDAD= MUERTE
CÁNCER + DIOS = PRUEBAS+ BENDICIONES
Aquí, mis amigos, la historia toma un giro muy interesante. Estando casi por terminar el tratamiento de quimioterapia, comencé a asistir, en busca de algo de paz espiritual y fortaleza, a la iglesia a la que mi hermano Alex acude.
Nunca me pasó por la mente que ahí, además de todo eso, encontraría el amor. Pronto pude ver cómo Dios acomodaba todas las cosas en un perfecto orden, para conocer a esa personita que, a pesar de mi enfermedad, de mi apariencia, y de muchas otras cosas negativas, me amó. Me llenó de un amor sincero y, sobre todo, me dio una nueva razón por la cual luchar, una esperanza de un futuro hermoso por el cual seguir adelante.
Y vaya que necesitaba ese apoyo. Cuando todos pensábamos que lo peor había pasado, al asistir a lo que creíamos sería la última cita con el oncólogo, recibimos una noticia que pudo haber sido terrible en cualquier otra situación: los ganglios del abdomen se habían inflamado a causa de la enfermedad, y estaban invadiendo una zona muy delicada del cuerpo, cerca de la columna vertebral. Había que hacer una nueva operación, más radical y peligrosa que la anterior. Tal vez esto me hubiera deshecho anímicamente, o mi espíritu se habría quebrantado… pero no. En mi interior había un cambio, una luz que me guiaba y una voz que me decía: “ahora tienes algo por qué luchar y, por el poder de Dios, esta guerra ya la tienes ganada. Solo resiste en el camino.
PELIGROSA INTERVENCIÓN
Linfadenectomia retroperitoneal para-aórtica… No es trabalenguas. Así se llama la operación que me hicieron. El cirujano propuso un método nuevo de cirugía que era una opción viable para mi caso. Sin embargo tenía sus riesgos, los ganglios se encontraban adheridos a las arterias principales del cuerpo, y estas podían salir dañadas. Efectivamente, tras dos horas en el quirófano, la arteria principal se rasgó, y generó una pérdida de sangre mayor. Hubo que hacer una operación de emergencia. Después de casi siete horas de cirugía y dos litros de sangre perdidos, la operación fue un éxito. Y qué mejor manera de despertar de una operación así, que abriendo los ojos para ver a la mujer que me ha llenado de felicidad.
BERENICE CHÁVEZ, gracias por estar presente en todos mis días, por no soltar mi mano cuando más te necesitaba y por darme esa razón para seguir luchando contra la enfermedad. No tengo manera de pagarte, pero te entrego todo lo que soy.
La recuperación fue algo lenta; pero, teniendo a mi lado a personas tan maravillosas como mi familia, mis amigos y mi novia, todo fue mucho más fácil. Gracias a Dios, que obró en las manos del cirujano, doctor Hernán Reyes Sepúlveda, rompimos todas las expectativas de los médicos. Redujimos a la mitad el tiempo de recuperación e internamiento en el hospital. Cinco días después de la operación, ya estaba de regreso en casa, y con más ansias que nunca de vivir.
La historia continúa, pero por otro camino, un camino lleno de felicidad y bendiciones. La cirugía fue un éxito y después de seis meses de que todo comenzó, el médico nos ha dado la noticia tan esperada: “el cáncer ha sido eliminado”. Mi organismo estaba limpio de esa enfermedad.
Ahora tengo dos nuevos amores: mi Dios, que no me abandona y me lleva siempre de su mano, y mi ahora prometida, con la que comparto tantas ilusiones y planes a futuro.
Ahora inicio un nuevo camino, porque sé que Dios no me creó para morir, y que tiene un plan precioso para mí.
Si me pidieran que les diera un consejo o que resumiera toda esta historia sería:
Aprende a aceptar los planes que Dios tiene para ti. Él sabe cómo, cuándo dónde y por que hace las cosas. Después de aceptarlo, lucha, lucha hasta que no puedas más. Y cuando caigas de rodillas, lucha más fuertemente, porque mientras más grandes son las pruebas y más dolorosa es la lucha, más grande es la bendición que Dios nos dará.
ESPERO QUE ESTAS NOTAS SEAN DE BENDICIÓN PARA TI.
DIOS TE BENDIGA.
ATTE: JAVIER ESTRADA



