Ciencia, prensa y libre discusión

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Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

Nunca he visto discusiones más duras y vehementes que las que se dan en un seminario o un congreso científico. Los investigadores exponen públicamente sus datos, razonamientos y conclusiones para someterlos al riguroso control de calidad del examen crítico por parte de sus colegas. Nunca he visto tampoco discusiones, por fogosas que puedan ser, más correctas, educadas, sensatas y racionales.

Los científicos cuestionan sin compasión, dudan de todo lo que les suene confuso, y hacen las preguntas que crean necesarias, por incómodas que parezcan. Quien expone tiene que “aguantar vara”, como decimos en México, y responder lo mejor que pueda. Enojarse es impensable, igual que no responder (a cambio, el decir “no lo sé” es perfectamente aceptable, y no constituye ningún problema).

El resultado: o convence a su audiencia, validando así la calidad de su trabajo (el proceso se repite de manera más detallada y mucho más rigurosa cuando envía sus resultados para ser publicados en una revista arbitrada), o bien se convence él de que tiene que trabajar más para lograr resultados con la calidad necesaria para ser convincentes. (También ocurre, y tampoco es problema, que el expositor termine dándose cuenta de que su trabajo no se sostiene, acepte que se equivocó y tenga que comenzar de nuevo.)

En la vida diaria –y sobre todo en México–, discutir se suele confundir con pelear. Pero el espíritu de la discusión es justamente lo contrario: examinar un asunto entre dos o más personas para aclararlo lo mejor posible. Los científicos saben que el doloroso y molesto proceso de discutir, de “examinar atenta y particularmente una materia”, según el diccionario, aun cuando esto implique “contender y alegar razones contra el parecer de alguien” (segunda acepción que le da la Academia a la palabra) es la mejor forma de detectar errores en nuestro pensamiento.

Discutir es pensar colectivamente. Y pensar mejor.

Además de la ciencia, el periodismo y la política son disciplinas donde la discusión, el debate, es vital (aunque, al menos en política, lo que pasa como debate suele ser más bien una lamentable revoltura de ataques, descalificaciones, tergiversaciones y razonamientos sesgados para ganar a toda costa la discusión. Y es que los políticos, en vez de la verdad, como los científicos o el bien común, como debiera ser su deber, suelen buscar el poder. Fin de la digresión).

Una sociedad que restringe el debate es una sociedad que se aleja de la democracia. Y para que el debate sea posible, el ciudadano necesita también otro ingrediente vital: la información sobre la que va a discutir.

Las libertades de opinión y expresión, y de prensa e información, no son, pues, accesorios de una democracia. Son componentes fundamentales. El artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (que la ONU, presentó en 1948), dedicado a la libertad de expresión, afirma que “este derecho incluye el de (…) investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión” (énfasis mío).

Más allá de los motivos o intereses que hayan causado la salida de la periodista Carmen Aristegui de la empresa en que trabajaba, es claro que se relaciona, de una manera u otra, con la difusión de información incómoda. La sociedad mexicana pierde cuando el periodismo profesional y crítico, que saca a la luz asuntos que merecen ser discutidos públicamente –y que incluso, a veces, ayuda a que los responsables de alguna ofensa rindan cuentas–, ve reducidos sus espacios.

Carl Sagan, el famoso astrónomo y divulgador científico, afirma en su libro El mundo y sus demonios que la difusión del pensamiento científico beneficia a una sociedad democrática, pues los valores en que se basa –la transparencia y apertura de la información, la discusión libre y abierta y el análisis razonado de los argumentos– coinciden con los valores necesarios en una democracia. Formar ciudadanos con una cultura científica es formar mejores ciudadanos. En cambio, limitar la información y la discusión perjudica la democracia.

http://lacienciaporgusto.blogspot.mx/2015/03/ciencia-prensa-y-libre-discusion_21.html

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