Hace algunos meses, tuve el primer contacto con un grupo de jóvenes que ahora llevan bajo el brazo unos cuantos papeles. Ellos quieren hacer teatro, y por eso se inscribieron al taller que tuve el privilegio de dirigir.
Desde el primer momento, estuvo claro que no trabajaríamos con un modelo de actos, ni con las herramientas convencionales de la dramaturgia.
Estuvo claro también que no haríamos revisión de obras clásicas o consumadas.
Es más, ni siquiera nos detendríamos a recitar los grandes nombres del teatro. Simplemente, comenzaríamos a escribir de manera directa, decidida y atenta a nuestras propias ideas.
Así, se fue entremezclando la percepción personal de cada uno con la idea de una caja de herramientas en la que todo es portable: la música, la ironía, el humor, el monólogo, la descripción, y sobre todo las acciones.
Cuatro meses más tarde, después de romper muchas hojas, de reescribir sobre los pasos inseguros de cada uno, de hacer crítica o burla de cada idea supuestamente buenísima, llegó el momento de cerrar el taller y de enfrentar aquellos textos al público.
Esperábamos una sala vacía.
Sospechábamos que nadie acudiría al anuncio de “Taller de narraturgia, lectura pública”.
Y asombrosamente acudió mucha gente, muchos jóvenesdispuestos a escuchar a otros jóvenes.
La lectura generó un diálogo que muy pronto detonó inquietudes.
El paso siguiente será publicar los textos de Antonio, Mire, Clara y Caro. Va.

