Cómo leer sin leer

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Gabriel Contreras

En algún momento me encontré en medio de una breve discusión relacionada con el ejercicio de la lectura. Este domingo, mi amigo Antonio Ramos Revillas, director del área editorial de la UANL, contó a través de Facebook un episodio en el que unos jóvenes referían que “leer no sirve para nada”, algo así.

Como Facebook es un lugar propicio para ventilar y discutir toda clase de ideas, plantee mi opinión en forma muy breve, señalando que la lectura es un concepto en realidad muy amplio, y que reducir su ámbito a la lectura literaria es compactarla peligrosamente. Y otra cosa, plantee también que, en general, la lectura literaria está sobrevalorada en México, descartando, por ejemplo, el cultivo de  las lecturas científicas, por considerarlas “poco literarias”.

Antonio Ramos y otra gente rebatió esa idea. En fin, fue divertido. Pero me atrevo a deducir de ese pequeño diálogo virtual algo importante. Tengo la sospecha de que existen entre nosotros jóvenes, muchos, a los que les interesa progresar, cursar una carrera, titularse, pero al mismo tiempo les aburre leer, leer en el sentido convencional de la palabra. Bien. Pues tengo a la mano una opción, útil, me parece, para aquella gente a la que sí le interesa estudiar, aprender, pero le “aburre leer”. Yo mismo la aplico en mi vida privada, dado que yo también lo confieso, a veces me aburro, pero no de leer, sino de estar sentado, o quieto, o con un libro frente a la cara. La inmovilidad es en sí misma una garantía de aburrimiento.

¿Es posible leer sin sufrir esas incomodidades? ¿Es posible “leer sin leer”?

Sí. ¿Cómo hacerlo? Es simple.

Vamos a pensar que tienes que aprender algo acerca de, por ejemplo, el pensamiento de Zigmunt Bauman, un filósofo cuyas ideas no son sencillas, ni elementales.

En términos de lectura convencional, acercarte a su concepto de “educación líquida”, por ejemplo, te costaría un buen número de horas, páginas e investigación. Y junto a eso, horas y horas de profunda y dolorsa inmovilidad, encierro. En fin, tendrías que hacer todas esas cosas que tanto aburren a los jóvenes. Me parece que los jóvenes mexicanos no evitan la lectura por sus contenidos, sino por su forma. Simplemente, aborrecen la posibilidad de estar quietos. Son jóvenes, eso es comprensible.

¿Cómo leer a Bauman sin tener que estar encerrado? Sencillamente, acudes a Internet, buscas tres o cinco o diez documentales en torno a Bauman, cuidando de que en todos se aborde específicamente el concepto de “Educación líquida”. Los clasificas, los conviertes a MP3, o sea que les quitas el maldito video, que en este caso es un estorbo, ok, ahora los musicalizas a tu modo, aplicándoles detalles auditivos divertidos. Ok. Ahora, los cargas en tu teléfono, y te vas a la calle o al parque con tus audífonos de DJ. Perfecto.  Entonces, haciendo ejercicio, o recorriendo una plaza, o jugando basket, o dando vueltas por la ciudad en camión o en el Metro, puedes estudiar, captar y comprender a Zigmunt Bauman, SIN NECESIDAD DE LEERLO.

Ojo, no lo estás leyendo en el sentido convencional, pero sucede que sí lo estás leyendo, lo estás leyendo por vía auditiva, que finalmente es tan o más importante que la vía visual en este caso.

Así, efectivamente, puedes lograr tu obetivo y el de la educación al mismo tiempo: puedes leer sin leer, y lo más importante: puedes llegar a comprender problemas de carácter filosófico sin necesidad de abrir un libro. Ok, para que esos conceptos queden reforzados o afinados, puedes, después de estudiarlo en audio y a fondo, acudir a algún libro de papel y constatar que lo que entendiste es lo que está en el libro. O sea, tienes que contrastarlo, te guste o no: la escuela es así, te guste o no te guste.

Así, puedes aprender casi sin leer, y además puedes hacerte de un método de estudio eficaz, útil, cómodo, divertido y portátil. ¿Qué te parece?

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