Les hablo a los muchachos

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Ismael Vidales Delgado

Mi amigo Francisco Javier Pérez Meléndez, Director de una escuela secundaria hecha más que con ladrillos, con esfuerzo, riñones, sueños y devoción magisterial me invitó para que fuese padrino de la generación que egresó en el mes de julio del presente. Esto fue lo que les dije a los muchachos.

Seguramente no soy la persona más indicada para recibir esta distinción, pero no pude decirle que no, porque Francisco y yo somos amigos y tenemos una biografía muy similar atravesada por la pobreza, la pasión por esta bendita profesión del magisterio, y los sueños cifrados en que la educación es la herencia más grande que los padres pobres pueden dejar a sus hijos.

Yo nací en Pinos, Zacatecas. Mis padres fueron sumamente pobres. Un día mí padre, como muchos otros, emigró hacia el Norte en busca de trabajo, se contrató como albañil en un real minero localizado en la sierra de Lampazos, ahí mis dos hermanos y yo asistimos a la escuelita unitaria que la Compañía Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey instaló para los hijos de los trabajadores. Había un solo maestro, el profesor José G. García y su esposa Isabel lo ayudaba con los más pequeños. Eran más que maestros, nuestros segundos padres.

En la casita que hicieron los mineros para nosotros, cada noche, mis padres y nosotros nos acostábamos en el suelo, no teníamos cama. Cuando creían que ya estábamos dormidos, platicaban en voz baja, y créanme, siempre mi padre que apenas sabía escribir unas cuantas letras no se dormía sin preguntarle a mi madre, una mujer que ayudaba a solventar la precaria economía familiar lavando ropa ajena: ¿Cómo van los muchachos en la escuela?

Mis padres, a pesar de no haber ido a la escuela, estaban convencidos de que lo único que nos podían dejar de herencia, era la educación. Así, mi hermano menor, que ya falleció, fue sacerdote; mi hermano mayor es Director de una Universidad local, yo he escrito casi doscientos libros, fui asesor del Dr. Ernesto Zedillo, Sub secretario de educación aquí en Nuevo León… y representante de la SEP en la Unesco.

No tengan duda de que la diferencia entre una vida honrada y decente y una vida desperdiciada en el vicio o en el crimen, es la educación. Hace tres años ustedes llegaron a esta escuela que los recibió con los brazos abiertos, aquí dejaron su infancia y entraron a la adolescencia, la escuela fue como un capullo que los envolvió amorosamente para que experimentaran en sus aulas la más extraordinaria de las transformaciones, aquí, con el apoyo de sus maestras y maestros vivieron una metamorfosis estupenda, una serie de cambios maravillosos en lo físico, lo psicológico, lo social y lo emocional.

En el tiempo que vivieron en esta su casa, bebieron la ciencia, practicaron el deporte, investigaron en la Internet, realizaron proyectos sociales, técnicos y científicos diversos, aprendieron inglés y computación, los muchachos imaginaron a una compañera como novia y las muchachas ensayaron su coquetería como inicio del amor… algunos se enamoraron y ahora son novios. En toda metamorfosis llega el día en que la oruga se transforma en mariposa y provista de alas multicolores, rompe el capullo y vuela hacia el cielo como Ícaro, queriendo tocar el Sol con sus manos, o volar entre las estrellas… en ese viaje celestial algunos caen, otros se pierden, sólo los que tienen claridad de rumbo, fortaleza de espíritu y mucha perseverancia logran cristalizar sus ideales.

Hoy la escuela y ustedes se despiden, esto es así, es la ley de vida, no debe haber tristeza sino mucha alegría, es como cuando comen, platican y se divierten en un restaurante, siempre hay un momento en que se debe pedir la cuenta, darnos un abrazo y marcharnos. Aquí se quedarán muchas cosas que ustedes trajeron, una en especial, el hueco de su presencia de tres años, pero otros se encargarán de llenarlo, y ustedes, como los pájaros, volarán porque su escuela les dio fortaleza a sus alas y los transformó de débiles polluelos en potentes aguiluchos que llevan fuertes valores que les darán toda la vida sentido de pertenencia y de identidad: su familia y su escuela, se han metido desde ahora en su corazón y nada ni nadie los sacará jamás.

Lo que sigue, no es sencillo, mentiría si les digo que transitarán sobre nubes de algodón, no, los caminos de la vida tienen cardos y espinas, mieles y hieles, triunfos y fracasos, ilusiones y desesperanzas… pero ustedes fueron formados en su secundaria como guerreros que pueden con eso más, el triunfo será de ustedes. Muchachos y muchachas, ahijados, nos vamos. Hago una caravana para decirles que ya se les está echando de menos, y les digo adiós. Muchas gracias.

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