
MEC Gisela Aguilar Martínez
El cerebro está muy irrigado por venas de distinto diámetro, para que el oxígeno llegue a los órganos más importantes, de manera continua. Cuando una parte del cerebro deja de disponer de sangre oxigenada las fallas se hacen patentes en todo el cuerpo: desde la vista hasta la movilidad muscular.
El término ICTUS (proviene del latín golpe) sustituye a todos aquellos términos que han hecho historia en nuestro acervo cultural para referirse a la brusca obstrucción de un vaso sanguíneo cerebral (trombosis, embolia), a su rotura (derrame) o a ambas (apoplejía. Según el origen del problema podrá ser obstrucción de una arteria cerebral o su rotura hablaremos de ictus isquémico (infarto cerebral) o ictus hemorrágico (hemorragia cerebral). Esta enfermedad representa la segunda causa de muerte en nuestro medio (la primera en la mujer), una de las principales causas de discapacidad permanente en el adulto y la segunda causa de demencia.
Las arterias son los vasos sanguíneos más grandes del cuerpo que llevan la sangre desde el corazón a los tejidos, mientras que las venas son los vasos sanguíneos que llevan la sangre hacia el corazón. Si bien, como consecuencia de la oclusión o rotura de ambos tipos de vasos puede ocurrir un ictus.
Los más frecuentes son los ocasionados por la obstrucción de las arterias. La oclusión de una vena intracraneal (trombosis venosa cerebral) puede obstruir el retorno de sangre hacia el corazón, lo que ocasiona una inflamación, lesión cerebral.

Usualmente se manifiesta en forma de dolor de cabeza, con déficits similares a los de los ictus arteriales (pérdida de fuerza o sensibilidad, dificultad para hablar o mantener el equilibrio, alteraciones visuales) y, otra veces, con convulsiones.
Aunque lo más normal es que estas afecciones aparezcan en personas mayores ser más frecuente a partir de los 55 años y su riesgo aumenta proporcionalmente con la edad. En los últimos años los casos de accidentes cerebrales entre los jóvenes se han disparado: han crecido un 25% en 20 años, lo que significa que cada año mueren más de 3.000 jóvenes tras sufrir un ictus.

Ya sea a través del cambio de hábitos de vida y consumo que regulen la hipertensión, la obesidad o el colesterol (factores de riesgo de estos accidentes cerebrales) o a través del conocimiento de los métodos de actuación frente a un infarto cerebral, lo que está claro es que se trata de uno de los problemas médicos más importantes del siglo 21.

