En la boca del horno

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Desde el año  2002, las lavas del Nyiragongo amenazan con destruir Goma y sus 800 mil habitantes. Científicos han partido para auscultar a la gran bestia

Por Bernadette Gilbertas – Paris Match

(Tomado de Paris Match. Traducción de Félix Ramos Gamiño)

Levantada por una misteriosa respiración, la superficie del lago ondula en cámara lenta, se hincha, después se ahueca. Su piel se estira, se desgarra, para dejar escapar fuentes de magma. Resulta difícil despegar los ojos de este espectáculo hipnótico. En los brillantes resplandores que danzan sobre los costados del cráter, acabamos de instalar nuestras tiendas, sobre una terraza de lavas solidificadas, testigo de un antiguo nivel del lago. Es ahí, en cada misión que realizamos, donde instalamos nuestro campamento base, 135 metros por debajo del incandescente hervidero. De repente, escuchamos un ruido ensordecedor. En medio de espesas volutas de vapor y de gas, resulta imposible discernir de qué se trata.

Nos quedamos petrificados, tensos, tratando de ver algo a través de la nube compacta. Finalmente, una poderosa ráfaga de viento nos permite entrever la escena: allá, en el fondo del cráter, bajo nuestros pies, aspirado por infernales fuerzas internas, se acaba de hundir el más grande lago de lava activa de todo el planeta. En cuestión de minutos, no menos de un millón de metros cúbicos de magma han desaparecido bajo nuestros ojos en una efervescencia apocalíptica. El lago, que hace unos minutos chapoteaba casi apaciblemente, ofrece ahora un espectáculo digno de las primeras horas de la creación. Y aunque su nivel parece estabilizarse, gigantescas esferas de materia en ebullición explotan y proyectan despojos brillantes a más de 40 metros de altura. Las balsas de lava cuajada se balancean ahora sobre un océano desencadenado.

Así transcurre la vida de un lago de lava: un día, al punto de la ebullición, desborda de su caldero; otro, desciende brutalmente más de 30 metros. Jamás está apacible. Éste aprisiona no menos de ocho millones de metros cúbicos de lavas muy fluidas que, en esta región altamente sísmica, constituyen una permanente amenaza. Porque cerca de un millón de personas viven al pie del volcán ­Nyiragongo, en la villa de Goma y en sus alrededores. La violencia y rapidez de sus últimas erupciones, en 1977 y en 2002, obligan a una vigilancia constante de esta montaña de fuego que, desde su altura de 3,470 metros, domina la cadena de Virunga, en el corazón del África de los Grandes Lagos. En 2002, en unas cuantas horas,la lava dividió la aldea en dos, y dejó un centenar de muertos, así como a decenas de miles sin abrigo.

A fin de participar en la vigilancia del monstruo, un puñado de vulcanófilos, agrupados en el seno de la Sociedad de Vulcanología Génova, han decidido dar una mano al Observatorio Vulcanológico de Goma. Este año, su misión consiste en colocar una webcam en el cráter del Nyiragongo, a fin de monitorear diariamente los saltos de humor de su lago de lava.

El rostro generalmente impasible de Darío Tedesco, vulcanólogo italiano, jefe del proyecto “Análisis y Prevenciones de Riesgos Naturales en la República Democrática del Congo”, ha perdido su color. Para el científico, este brusco hundimiento del nivel de la lava es un signo que anuncia erupción. “Rápido, prevengan al observatorio”. Su voz resuena en el teléfono satelital. “El lago acaba de hundirse ante nuestros propios ojos. Recojan inmediatamente todos los datos sobre la actividad sísmica del volcán y en toda la zona. El lago sigue bajando”.

Desde su infancia, Pierre-Yves, Pierre, Marc y Luigi sueñan en volcanes, y en particular en el Nyiragongo, deslumbrados por las imágenes de las “Citas del diablo”, la película de Haroun Tazieff, que, en 1959, había revelado al público la existencia de un lago de lava en el fondo del cráter congolés. Convertidos en informático, geólogo, electricista, viajero, crearon en 1985 la Sociedad de Vulcanología Génova, y recorrieron el mundo conforme se presentaban las erupciones, siempre con la esperanza de confrontar un día al diablo de Nyiragongo. Una expedición tras otra, estos aficionados apasionados llegaron a adquirir un conocimiento preciso del volcán, del lago de lava y de los medios de acceso. Y ahora, helos aquí de regreso en Goma, para cumplir de manera exitosa su sexta misión, que requiere de una preparación minuciosa. Tarde a tarde han elaborado las listas del material, discutido los problemas técnicos; se impusieron numerosos entrenamientos físicos con cuerdas. Han afinado hasta técnicas de evacuación de un herido, ya que no pueden contar sino con ellos mismos para, en caso de necesidad, llevar a un miembro del equipo hasta la cumbre, a donde podría llegar un helicóptero para recuperarlo.

Han fisgoneado algunas horas en las calles de Goma, en busca de sus últimas compras: barras metálicas, pilotes, juntas herméticas. Hicieron la última verificación de las compatibilidades informáticas y de las longitudes de las cuerdas, de la provisión de alimentos frescos, y he aquí al equipo presto para partir en sobrecargadas 4 x 4. La dirección es Kibati, pequeña aldea abrazada a las primeras pendientes, donde ya nos esperan 107 porteadores.

Muy pronto, la caravana se extiende sobre las pendientes entre la vegetación arborescente y lobélies gigantes, siguiendo frecuentemente los rastros de antiguos derramaderos de lava. Apenas llegados al labio del cráter, rodeado de la bruma y de ráfagas glaciales, los porteadores depositan su carga y redescienden lo más rápido posibe, sin lanzar una mirada al corazón del volcán. Los militares se quedan con nosotros, a fin de asegurar nuestra protección en esta agitada región. Sus ­kalachnikovs le recuerdan a Marc une misión interrumpida de manera brutal, en 2005, cuando él y sus coequiperos fueron despojados, al declinar el día, por 40 hombres armados.

La caravana de 107 porteadores se extiende sobre los flancos del volcán, siguiendo caminos inciertos

Marc Caillet acaba de reencontrar “su” volcán. Es a él a quien corresponde echar el primer vistazo a los flancos del volcán. Este atlético electricista, de 42 años, experto en el manejo de cuerdas, viene a constatar minuciosamente los menores cambios, como quien penetra en una casa habitación que ha estado cerrada durante mucho tiempo.

Los pilotes instalados anteriormente ¿son aún confiables? ¿La vía de acceso no ha resultado dañada por deslizamientos de tierra recientes? Helo aquí que desempolva, y hace saltar bloques inestables de cerca de cien kilos. Finalmente, fija las cuerdas para el descenso y la del “teleférico”, para la transferencia del material. Falta por evaluar el emplazamiento mejor protegido de las caídas de piedras. Se elige una sección del acantilado, 60 metros debajo de la cresta del cráter. Al día siguiente, se organizan las labores: preparar la estructura que soportará los paneles solares, limpiar la pared, instalar la antena de transmisión, desenredar los cables, bajar los paneles solares, -ligeros, ciertamente, pero que son una frágil presa para el viento- y las tres baterías, de 25 kilos cada una. Pequeñas hormigas obreras, vamos y venimos sobre las cuerdas tendidas en pleno vacío.

Se debe medir cada gesto; cada utensilio debe estar amarrado. Nos comunicamos sin cesar por radio, verdadero hilo de vida a lo largo de nuestra estancia en esta zona, donde las exhalaciones tóxicas, impulsadas por el viento dan violentos giros en el antro vertiginoso. La máscara antigás es obligatoria cuando el vapor de ácidos clorhídrico, sulfúrico y flúorhídrico, los metales pesados y los elementos radioactivos que escapan del magma, 400 metros más abajo, imposibilitan la respiración.

Son ya dos días en que procedemos sin descanso a la instalación de la webcam. Son las cinco de la tarde. Nos queda todavía una hora de visibilidad para regular la cámara, configurarla de acuerdo con la computadora portátil, y muy pronto la imagen captada por la cámara sobre el ojo brillante del cíclope aparece en la pantalla. ¡Hemos ganado la apuesta!

Al día siguiente nos dedicamos a bajar los 450 kilos de material restante hasta la segunda plataforma, a 270 metros de profundidad. Cargados de sacos de 20 a 30kilos, nos deslizamos sobre cuerdas y pasamanos para alcanzar el campamento base. Es sobre este inmenso croissant de lava sólida donde debemos llevar a cabo toda una serie de medidas. Y, desde ahí, alcanzar las riberas del  lago de lava. Pero los caprichos de la Tierra lo han decidido de otra manera, ya que este se ha desplomado brutalmente más de 30 metros.

Las nuevas premisas para el observatorio volcánico son sorprendentes: ninguna erupción; ni el menor sismo para advertirnos de tal cambio de actividad. ¿A dónde pudieron haberse ido más de un millón de metros cúbicos de magma fundida? Con los ojos fijos sobre el ardiente fanal del lago; inquietos por el destino de nuestra expedición, ya que el nivel de lava parece bajar más todavía, nos vamos a colocar las cuerdas a lo largo de la ruta descubierta el año anterior. Marc Caillet y Giovanni Giuffrida, vulcanólogo del Instituto Nacional de Geofísica de Sicilia, son los primeros en bajar para tomar muestras del gas y de fragmentos de lava “fresca”. Sin protección alguna, se acercan al borde del pozo para instalar un colector de gas, cuando un tornado de viento térmico, que se eleva repentinamente del lago, lanza trozos de lava sobre sus vestidos y sus sacos. “Imposible abrir los ojos en esta capa de gas sofocante y correr”, recuerda Marc. “Estábamos ahí, atrapados. Después, el viento se llevó todo, y el lago apareció ante nosotros. Fue algo grandioso”.

Para su segundo intento se visten con la indispensable combinación de aluminio. Helos ahí, minúsculos, cintilando en sus ropas luminosas, al borde de este océano bullente a más de mil grados Celsius. La actividad parece haber retomado un curso normal; los movimientos de convección aspiran aquí la corteza negruzca, y lanzan allá esferas de magma de cerca de 15 metros. Es el turno de Pierre-Yves de ir a instalar sus famosos acelerómetros. El año pasado, uno de sus pequeños aparatos dio indicaciones sorprendentes que ahora es necesario verificar. El “suelo” solidificado del cráter podría oscilar más de dos metros. Pese a los entrenamientos del año pasado, sigue siendo un desafío aventurarse en el último descenso.

La misión llega a su fin. Las huellas que hemos dejado hablan de las noches cortas, de los esfuerzos físicos y de la permanente presión psicológica. Finalmente, alcanzamos la cumbre del volcán, que iluminan los últimos rayos de sol. Al fondo, el lago de lava aparece entre dos volutas. Con un guiño de ojos, el diablo de Nyiragongo acaba de darnos una próxima cita.

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