Fernando Salinas
Se abrió la puerta y la sentí. Flotaba apenas su cabello. Se movió entre los cajones, entre fruta me perdió. Me avivó el instinto y olvidé el trabajo. La busqué, me deslicé. Acechante la cazaba entre anaqueles. Quería inhalarla, sin razón, como se hace a un cigarrillo. Me entendí de pronto cuando la miré ante mis manzanas. Tomó una bolsa. Vi sus manos; escasas, tempestuosas, como aquellas de Lucía. El tiempo no la borra; su pincel más bien la difumina, perfecciona y diviniza.
Evocando los aromas de Lucía, seguí observando. Su cabello iluminaba mi tendajo, sus manos endulzaban mis manzanas. Al moverse, el aire la rodeaba y asomaba sin pudor su cuello blanco. Bolsa y nudo, se perdió detrás de las naranjas. Aquí esperamos, yo y las mandarinas. Escucho sus pasos. Corta mi aliento. Temo verla y ver los ojos de Lucía. Esperar con impaciencia y con pavor.
Un mareo. Los veo de frente. Me apagan la voz. Allí está, y en sus manos, mis manzanas. Su nombre tropieza de mi lengua. Abro la boca. Intento verterlo.
— ¡Lucía! — Me hielo y su cuerpo se vuelve.
Adivino su sonrisa, y la veo abrazar a quien la llama. Toma su mano. Se abre la puerta. De nuevo bajo la mirada. Resurge música y barullo. Sólo queda su perfume, y en el suelo, mis manzanas.
