Ismael Vidales Delgado
Tocó el timbre anunciando la entrada. Nos pusimos en pie los congregados en la Sala de Maestros de la Normal “Ing. Miguel F. Martínez” (Todavía no se decretaba su honroso Centenaria y Benemérita). Tomamos nuestros aperos de enseñanza y nos dirigimos cada cual a su grupo.
Me “tocaba” en el grupo “F”, caminaba hacia él cuando un señor acompañado de una jovencita me detuvo. Perdone, quiero inscribir a mi muchacha ¿dónde lo puedo hacer? Discúlpeme, le contesté, soy maestro y la inscripción ya se cerró. Pero puede pasar con la Maestra Esthelita, ella es la Secretaria de la escuela y le informará mejor.
En seguida, sin solicitarle más información, el hombre me contó que: “su muchacha apenas podía hilvanar frases coherentes, que leía como tartamuda sin serlo, que no solo tenía faltas de ortografía sino que, además, sus construcciones gramaticales resultaban ininteligibles, así que habiendo presentado por segunda vez el examen de ingreso a la UANL, nuevamente había reprobado. Su madre, ansiosa, había esperado la llegada de su esposo y prácticamente le ordenó que la trajera a la Normal y la inscribiera: “Usted profesor me va a saber entender. A mi hija, mucho no le da la cabeza, por eso mi esposa y yo dijimos que si no tiene cabeza para la Universidad pues por lo menos… que sea maestra”.
Estoy convencido de que si hay algo que he hecho con gusto y con pasión toda mi vida es el ejercicio de la docencia, acumulo a la fecha 60 años ininterrumpidos de dar clases, aunque no estoy seguro de hacerlo muy bien. Nunca pensé que alguien pudiera ver el magisterio como una carrera de ínfima categoría, tan devaluada que se la considerara como de última oportunidad.
Este incidente, ni es propio de Nuevo León, ni es cosa menor; es una lacerante realidad nacional de la Educación Superior no sólo de las Normales. Sin embargo, debemos decir la verdad, y esta es que la profesión se ha venido deteriorando como producto del abandono y la crueldad con que el gobierno ha criminalizado y olvidado a los maestros. La matrícula de las escuelas Normales es cada vez más baja, y ahora con la evaluación para el ingreso al servicio profesional docente, las Normales prácticamente han perdido su razón de ser y en pocos años es posible que desaparezcan.
Las investigaciones muestran que los estudiantes de Educación Superior y por supuesto también las Normales tienen a lo largo de su vida, más horas de tableta y celular que de lectura; carecen, casi por completo, de experiencias de debate argumentativo; su vocabulario es limitado y acusan bajo nivel de comprensión de instrucciones, especialmente las de tipo abstracto, matemáticas y geometría; tienen serias dificultades para expresar por escrito claramente sus ideas; pareciera que no han desarrollado plenamente el pensamiento lógico matemático y tienen serias dificultades para entender la transitividad, la reversibilidad y la simetría en las ideas y el pensamiento.
Así las cosas tendremos que aceptar que aquél padre de familia no estaba tan equivocado cuando dijo “Si la cabeza no le da para mucho, de perdido que sea maestra”. ¡Qué tristeza me da el estado actual de la educación en México!

