La excelencia y la calidad en la educación

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(Dedicado a la memoria de mi amigo y maestro don Pablo Latapí Sarre)

Por Ismael Vidales Delgado

En las escuelas actuales se ha puesto de moda hablar de “excelencia” y de “calidad educativa” como sinónimos de modernidad. La verdad es que no hay acuerdo sobre lo que éstas palabras significan y en la mayoría de los casos, son sólo eso…palabras sin significado ni significancia. Yo veo en el uso de estos términos dos acepciones:

1.- Una, mejorar el salario de los maestros; remodelar edificios y mobiliario; incorporar una lengua adicional al español en el currículo oficial; agregar la computación y la señal satelital al salón de clase; incorporar la gestión educativa como nueva forma de vida escolar; y aumentar un poco el acervo bibliográfico de las escuelas. Esta visión suena bien, representa aspiraciones legítimas que tal vez se cumplan, pero hoy son una quimera.

2.- La otra, es la visión aberrante de la pedagogía empresarial que sueña con la “psicología de la felicidad”. Desgraciadamente esta visión es la más extendida en las escuelas. Tiene su origen en los “Yuppies” de las universidades privadas diseminados por todas partes. Esta camada social presume insoportablemente su exclusivismo académico, sus certificaciones transnacionales muy caras, se sienten “la última coca en el estadio”, superiores a todos, hasta su estilo de hablar es insoportable. Practican un nuevo racismo. Sueñan con una nueva casta de mexicanos. Se consideran “iluminados” “redentores” “predestinados” a salvar a México de su mediocridad.

Muchas escuelas públicas dirigidas por profesores renegados de su origen, han sucumbido a esta visión de la calidad y la excelencia instalada a causa de la ignorancia de los secretarios de educación que creen que comprando un ISO las escuelas mejorarán y ellos se embolsarán jugosos dividendos.

Excelencia y calidad, serían términos bienvenidos en la educación si sólo significaran el mejoramiento razonable dentro de nuestras posibilidades y circunstancias, pues la educación ha sido y es sinónimo de crecimiento, evolución y progreso; pero los términos de calidad y excelencia resultan perversos cuando son llevados a niveles de “perfección” propia sólo de los ángeles.

El desastre se inició cuando fueron transferidos a la educación, con asombrosa banalidad y sin razonamiento alguno, los conceptos empresariales de calidad total y de excelencia, difundidos por una macolla de motivadores light y de certificadores a gusto del consumidor, que llenan de ilusiones y “palmaditas en el hombro” a los candorosos consumidores de ilusiones que ostentan con orgullo en las bardas de las escuelas, unas aberrantes lonas con el letrero enorme de “Escuela de Calidad”.

Estos conceptos de calidad y excelencia han introducido aspiraciones paranoicas de perfección, se pretende convertir a las escuelas en “consumidoras de conocimientos e información” en vez de “escenarios de aprendizaje” donde el conocimiento se construye; se enseña a los niños a no tolerarse ninguna falla, en vez de reconocerse perfectibles; se pregona el individualismo y la competitividad en lugar de la tolerancia dialógica y la colaboración; se confunde la información con el conocimiento y el conocimiento con la sabiduría. Eso ni es calidad, ni es excelencia, ni es educación: esto se llama soberbia, lo cual no cancela una buena dosis de ignorancia supina y de racismo.

Las escuelas que operan bajo estas premisas de calidad y excelencia, roban a los niños el gozo del descubrimiento de la grandeza y la pequeñez de los seres humanos; la capacidad de asombro; el beneficio del fracaso; la posibilidad de decisiones heroicas; la aceptación de la inmensidad del conocimiento; y ante todo la humildad que da la verdadera sabiduría.

Hace varios años me invitaron a presentar un libro en el que se ponderaba el éxito del programa de calidad que llevaba una escuela primaria; la visité y encontré a primera vista: limpieza, orden, disciplina, madres de familia limpiando unas computadoras, maestras uniformadas y una entusiasta y joven Directora que no dejaba de presumir las bondades del programa.

Ya me retiraba después de felicitarla, cuando me detiene la Directora y me dice:

-Maestro, que bueno que vino a visitarnos, le voy a pedir un consejo.

-Adelante, le dije.

-Mire, ve a esa señora que está esperando a que la reciba. Viene todos los días desde San Nicolás (la escuela primaria está situada al sur de la ciudad) y quiere que le acepte a su hija en la escuela. Ya no aguanto a esa vieja.

-Pues acepta a la criatura, le respondí.

-Pero maestro, esta es una escuela de calidad.

-¿…Y? le dije.

-Pues que no ve que la niña es “enanita”.

Me vino entonces la idea de que algún día contaría esta historia, y de ella he derivado estas tres reflexiones:

1.- Quien tenga alguna superioridad, debiera pedir perdón por ello.

2.- Si saberse bueno, es peligroso, creerse excelente y perfecto, debe ser desquiciante.

3.- Tratar con alguien que se cree excelente, debe ser insoportable.

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