Mi amor por la historia

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Ismael Vidales Delgado

Estas páginas y el ambiente del Bicentenario son el motivo, los elementos suficientes  para que mi mente evoque los años idos, los caminos recorridos, los sueños limpios y las ideas forjadas en torno a una mecedora y una mujer añosa contándonos historias en la banqueta de la calle de Matamoros en Villaldama, hace más o menos 60 años.

Eran mis primeros años de vecindad en la ciudad, venía con mi familia del mineral de golondrinas en lo alto del cerro de la Candela, municipio de Lampazos, a un salto de Coahuila, eso si uno sabía sortear uno que otro oso pardo y trepar en los encinos, saltar las lechugillas y deslizarse en los relices sin dejar un pedazo de pantalón colgado en uno de los filos de la piedra.

¿Cómo no agradecer al Creador el poder rememorar esto y más a mis casi setenta?

Para mi la Historia -antes de ser la asignatura que comencé a conocer en la escuela primaria- es un espacio mágico que me permitió viajar lo mismo por zonas fantasmales que por trivialidades familiares, lo mismo por caminos fabularios que entre los imaginarios balazos revolucionarios.

Mi madre, era una fenomenal contadora de historias, apenas rebasaba los veinte años de edad,  cuando ya nos embelezaba con sus historias bíblicas, de fantasmas y aparecidos, de bandoleros y de príncipes, y por supuesto de trivialidades familiares. Ese escenario mágico me permitía construir los mundos cálidos y acogedores en los que yo era el centro de todo y el triunfador permanente. Pero mi padre no se quedaba atrás, hombre cuya frustración mayor era la de no haber participado profunda y largamente en la Revolución Mexicana, y que eventualmente se metía casi con devoción en vestimentas militares lo mismo del corte federalista que del villista; tenía en las carabinas y las pistolas sus más ricas fantasías; las biografías de Pancho Villa y Lázaro Cárdenas fueron sus libros de cabecera; su convicción comunista se acrisoló en el real minero donde dejó su juventud y sus pulmones a cambio de unos pesos y una silicosis que finalmente lo llevó a la tumba. Gracias a él me interesé en la historia de México, supe quién era Lombardo Toledano, Lázaro Cárdenas, Francisco Villa, y Francisco I. Madero. Más tarde, ya en edad escolar, vino a mi, toda la sabiduría de mi maestro José G. García, con quien empecé a hojear El Tesoro de la Juventud y a leer historias diversas y fábulas al por mayor.

Señala el psicólogo suizo Jean Piaget que “La meta principal de la educación es crear hombres que sean capaces de hacer cosas nuevas,  no solamente repetir lo que otras generaciones han hecho,  hombres que sean creativos, inventores y descubridores.” Y eso es precisamente, lo que la escuela primaria y mi maestro lograron hacer conmigo: un personaje inconforme con la rutina, comprometido a cabalidad con la innovación, espacio en el que no puede darse un solo paso si no es mediante la revisión histórica. Nada ocurre porque sí, todo tiene una razón, todo tiene antecedente y consecuente.

Ch. O. Carbonell dice que “Ningún grupo humano es amnésico” “Recordar es existir; perder la memoria es desaparecer”. A la memoria instintiva del animal, el hombre le añade “la memoria cultural, la única capaz de exorcizar la muerte y cimentar la herencia de los saberes”, esto es, recuperar la historia, escribir la historia, lo que según Gohete, “es una forma de quitarnos de las espaldas el pasado y elevarnos hacia el futuro.”

La historia, es una especie de pensamiento, una especie de posición ética e ideológica que todos los seres humanos adoptamos y llevamos como sello de identidad, esto es así, porque la historia es el hombre mismo y éste a la vez es la parte más importante de la historia. A decir de R. G. Collingwood “…hoy día todos somos historiadores en cierto sentido…Pero eso no basta para considerar que estemos calificados para poder opinar acerca de la naturaleza, del objeto, del método y del valor del pensamiento histórico.”

Pero ¿qué es la Historia? ¿Cuál es la idea que tenemos sobre la historia? Al respecto me gusta enfatizar la siguiente trivialidad: En lengua navajo no hay una palabra que tenga el significado occidental de «historia». Ellos dicen “Nuestras historias no tienen tiempo o fecha específica. Son procesos indeterminados. Son contados una y otra vez.». Aquí es donde cobra sentido el dicho del historiador Edward H. Carr «…nuestra concepción de la historia refleja nuestra concepción de la sociedad… del mundo”. Y agrega «La historia en sus dos sentidos -la investigación llevada a cabo por el historiador y los hechos del pasado que el estudia-, es un proceso social, en el que participan los individuos en calidad de seres sociales; y la supuesta antítesis entre la sociedad y el individuo no es sino un despropósito interpuesto en nuestro camino para confundirnos el pensamiento.»

Antes yo pensaba que la historia estaba formada por relatos orales y escritos sobre el pasado, sigo pensando igual, pero he añadido el rigor obligado en la búsqueda de los hechos pasados, el rigor en la sistematización, el rigor en el registro y en el dicho de los hallazgos, esto es, la Historia debe -desde mi particular punto de vista- despojarse de la eventualidad y surtirse de la investigación científica, y en esas andamos en los años recientes.

Concuerdo totalmente con Joseph Fontana cuando señala «…bueno será que se comience a enseñar la historia como un sistema de investigación: como un conjunto de métodos cuya finalidad principal es la de ayudar a los hombres a que, a través del desciframiento de su pasado, comprendan las razones que explican su situación presente y las perspectivas de que deben partir en la elaboración de su futuro. Una historia-herramienta, que enriquece la capacidad de comprensión y de crítica, supone una participación activa de todos cuantos se interesan por ella…»

Sin embargo, yo no desanimaría nunca a quienes se asoman temerosos a la historia, porque así, con curiosidad y temores, es como se han formado los grandes historiadores, y es que la historia no es solamente una ciencia madura, en marcha, es también una ciencia que se halla en la infancia: como todas las que tienen por objetivo el espíritu humano.

Y aquí comienza el verdadero estudio de la historia, el que provoca la reflexión sobre la historia misma, o sea la historiografía que nos remite a una meta-historia o teoría de la historia. A decir de Lucien Febvre: la historia es el estudio científicamente elaborado de las diversas actividades y de las diversas creaciones de los hombres de otros tiempos, captadas en su fecha, en el marco de sociedades extremadamente variadas y, sin embargo, comparables unas a otras; actividades y creaciones con las que cubrieron la superficie de la tierra y la sucesión de las edades. Sin embargo, no debemos olvidar que en su tiempo, Miguel de Cervantes dijo de la Historia que era “la maestra de la vida”, y eso implica que la toma de decisiones que ignora el pasado, está condenada al fracaso.

Herodoto, el Padre de la Historia nos introduce en el uso de la Historia como investigación e inquisición, en tanto que Tucídides nos estimula a que en asuntos de historia nos acerquemos más a la episteme (El saber de episteme es el saber científico) que a la doxa (El saber de doxa es el que proviene de la experiencia no científica), lo cual se traduce en establecer una sana distancia entre el proceder ordenado y la pura narrativa no confrontada. En palabras simples, la idea que tengo de la historia es la de una investigación seria y no la visión puramente anecdótica que la acerca más a la fábula, el cuento, la tradición y el rumor, que a su verdadera esencia.

 

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