José Leal
La producción de etanol como sustituto renovable de la gasolina para el transporte se ha visto particularmente retrasada en México por razones que sería ocioso discutir aquí. Baste saber que ni a legisladores ni a cúpulas de burócratas, líderes sindicales o distribuidores privados de gasolinas de PEMEX parece intranquilizarles las tendencias que llevan a México, con paso lento pero seguro, hacia un desastre energético monumental.
Considerando que el ritmo de extracción y reconstrucción de reservas de la paraestatal conducen al agotamiento de la producción dentro de los próximos 10 años (CEPAL 2010), y que a Brasil, por ejemplo, ha costado tres décadas lograr que cerca del 60% de su transporte utilice bio-combustibles como el etanol, resulta pasmosa la demora y ausencia de liderazgos políticos en la materia en nuestro país.
No son pocos los empresarios que han considerado proyectos de inversión masiva en grandes plantas de etanol para terminar desistiendo de ellos o postergándolos indefinidamente. La poderosa inercia industrial, ciega ante las necesidades del cambio, se combina perniciosamente con el estancamiento legislativo de los últimos años generando barreras al desarrollo de las alternativas energéticas reales; mientras el reloj corre cada vez mas de prisa. A pesare de ello hay espacio para el optimismo; el desarrollo tecnológico, que se empeña en ignorar a políticos y empresarios autocomplacientes, podría ganar pronto la delantera en esta carrera contra la indolencia nacional.
El año pasado fue presentada en Los Ángeles, California, la primer microplanta de producción de etanol para uso doméstico bajo la marca Microfueler. Es capaz de producir hasta 16,000 litros mensuales de etanol a partir de melaza o azúcares de desperdicio, listos para ser cargados directamente al tanque de vehículos flexfuel (habilitados para funcionar con dicho carburante) y, con la adición de una pequeño reactor, será capaz de desdoblar celulosa directamente de la basura. La instalación de un generador eléctrico adicional permite que los excedentes de etanol no utilizados en transporte sean utilizados para alimentar las necesidades del hogar.
La pulverización de la escala mínima de producción, que pasa de millones de litros por planta a algunos pocos miles, allana las barreras comerciales y legislativas que ha dificultado las grandes inversiones y, con suerte, facilitará la proliferación de pequeñísimos centros de producción que harán redundantes a las tradicionales redes de refinación y distribución de combustibles. Por ahora los costos de inversión parecen elevados (unos $20,000 dólares por planta) y la logística para el abasto de materia prima puede representar retos importantes, pero puede esperarse que éste tipo de tecnología y otras parecidas abran a países como el nuestro una nueva ventana de oportunidad en su apremiante carrera por la sustentabilidad energética.
