Augusto Rojas Martínez
Una tarde de octubre de 2009, poco después de la inauguración del Centro de Investigación y Desarrollo en Ciencias de la Salud de la UANL, tuvimos una animada conversación con Rick Rogers, recién electo director del centro. El doctor Rogers manifestaba que la verdadera formación del investigador independiente se obtiene en el posdoctorado, y que los laboratorios donde se realizan estos entrenamientos ofrecen una educación que realmente marca una diferencia para el joven investigador, más importante que la escuela donde se concluyó el doctorado.
Este diálogo me resultó de particular interés, porque confirmó una de las ideas con las que concluí mi estancia en Baylor College of Medicine, en Houston, a finales de 2008. Después de haber estado en uno de los centros pioneros del desarrollo de la genética molecular humana en los años 90 (uno de los principales centros de referencia del Proyecto del Genoma Humano) y de haber contemporizado con jóvenes científicos de todos los continentes que realizaban su entrenamiento posdoctoral, me pareció percibir que, de alguna manera, la educación doctoral que habíamos recibido en nuestros países de origen había dado a cada uno la misma oportunidad de obtener un lugar para estar en ese fabuloso centro.
IGUALDAD DE OPORTUNIDADES
Un egresado de la Universidad de San Marcos, en Perú; uno de la Universidad del Cairo, en Egipto; uno de la Universidad de Sheffield, en Inglaterra; uno de la Universidad de Tokio, en Japón, o un médico colombiano proveniente de la UANL, en Monterrey, tenían la misma oportunidad para obtener una beca de posdoctorado que un egresado de Harvard o de Stanford, dos prominentes escuelas “locales”.
Un curriculum que mostrara algunas publicaciones en revistas indexadas, una entrevista que demostrara un genuino interés por la actividad científica, y un conocimiento general de la genética molecular, así como unas buenas cartas de recomendación de tutores reconocidos en el país de origen eran suficientes para obtener un lugar. Luego seguiría un periodo corto de observación y prueba, en el que habría que mostrar un buen desempeño científico y técnico para asegurar la posición.
Confirmaba con varios colegas mexicanos que la formación recibida en México, D.F., en Guadalajara o en Monterrey, había sido sorprendentemente buena, y que sortear las carencias con las que nos habíamos enfrentado en nuestros cursos de posgrado nos había curtido para dominar técnicas y desarrollar conocimientos en un medio muy competitivo y de excelencia académica sin par, en donde la bioinformática y las herramientas computacionales, en desarrollo muy acelerado, parecían arrebatar el derecho a la construcción del pensamiento individual (forjado a partir de la percepción e interpretación de señales en radiografías, bandas en geles de electroforesis y “observaciones clínicas” en ratones transgénicos) que conducían a largas noches de lecturas de artículos relacionados, de especulaciones para la formulación de hipótesis, de interpretación de resultados y de discusiones con profesores y colegas relacionados para solicitar fondos para investigación o para confeccionar una publicación.
Sin importar la escuela donde habíamos concluido el posgrado, todos estábamos enfrascados en la misma ta-rea, para la que muchas veces nos ayudábamos entre nosotros mismos, experiencia que añoro con nostalgia y que pocas veces se me ha repetido. Debo mencionar de manera especial cómo mi tutor alimentaba mucho la idea de que discutiera mis proyectos con mis pares.
Sin lugar a dudas, la formación posdoctoral representa el grado máximo de la preparación de un científico, pues es una oportunidad única para el desarrollo integral de un tema de investigación biomédica, en un laboratorio de clase mundial, bajo la dirección de un líder internacional en un campo definido de conocimiento y con la compañía y competencia de otros jóvenes investigadores que escudriñan diaria o semanalmente el desempeño del nuevo investigador.
CLUB DE INVESTIGADORES
Con recursos asegurados o excelentes oportunidades para fondos financieros que aseguren el desarrollo del trabajo y un ambiente inigualable de asesorías y contactos globales, las oportunidades para publicar artículos de considerable impacto son inigualables, pero posiblemente la oportunidad más relevante es la de abrir la puerta del club de un grupo de investigadores de un campo definido, con la intención firme de pertenecer al mismo y convertirse en miembro del gremio. Éste es el aspecto que deseo resaltar en este artículo.
El proceso para pertenecer al “club” inicia antes de iniciar el posdoctorado: generar la interacción con un investigador líder, conseguir una beca y la admisión a un programa de posdoctorado son logros en el curriculum que comienzan a marcar diferencia. La junta administrativa del día de ingreso implica otra diferencia con los graduados doctorales: Se trata, en muchos casos, de la primera junta de bienvenida al cuerpo de profesores de una institución (Faculty, en inglés): se ilustran todos los privilegios, deberes y recursos de la institución para realizar investigación científica.
Inmediatamente después, al llegar al laboratorio por primera vez, se tiene la oportunidad de conocer personalmente a profesores y pares, muchos de los cuales constituirán el grupo de amigos del “club” y serán los colaboradores vitalicios o los fiadores en futuras cartas de recomendación laboral. Después vienen las juntas y seminarios institucionales, los congresos locales e internacionales y los cursos de intercambio o talleres donde poco a poco el joven posdoctorante comienza a tejer una red social eminentemente científica en la que su presencia se va consolidando de manera global.
CAMPOS DE CONOCIMIENTO
¿Por qué global? La razón es relativamente sencilla. Los campos de conocimiento científico muy especializado cuentan con tan sólo cientos o millares de miembros en el mundo, y el interés común en desarrollar el área obliga, la mayoría de las veces, a establecer contactos y colaboraciones recurrentes con colegas afines que laboran en lugares insospechados.
Por ejemplo, el desarrollo de vectores virales oncolíticos implica mantener algún tipo de comunicación con especialistas en las universidades de California en Irvine o San Francisco, en el M.D. Anderson en Houston, o en el Instituto Catalán de Oncología.
Una vez concluido el posdoctorado, el bagaje científico, las relaciones creadas y el portafolio de productos desarrollados durante él constituyen la carta fuerte de entrada a una institución académica en la que se continuará la carrera de investigador: en mi caso, la prestigiosa Facultad de Medicina de la UANL, con un programa de posgrado muy altamente calificado por la Secretaría de Educación.
ENSAYO CLÍNICO DE TERAPIA GÉNICA
Haré una confesión curiosa: al terminar el posdoctorado, tenía una muy buena visa para ingresar a la universidad; lo difícil fueron los trámites para la visa de inmigrante… Pero los trámites se lograron concluir, y en la maleta traía muchos sueños y un proyecto respaldado por mi tutor en Houston: realizar el primer ensayo clínico de terapia génica en Latinoamérica.
He atestiguado en varias ocasiones que colegas que regresaron, además de sus conocimientos, llegaron con una línea de investigación de punta a desarrollarse en las aulas mexicanas. Con mucha alegría también he comprobado en una decena de años que estos investigadores han alcanzado un prestigio nacional e internacional. La mayoría de los investigadores que han realizado un posdoctorado no han encontrado mayores dificultades para pertenecer a los clubes mexicanos de la ciencia: el Sistema Nacional de Investigadores, la Academia Mexicana de Ciencias, el Perfil de Profesor Deseable de la Secretaría de Educación o la pertenencia a un Cuerpo Académico consolidado, credenciales que certifican el quehacer de un científico nacional y facilitan la consecución de fondos para seguir desarrollando la investigación, junto con los estudiantes de posgrado y la red creada de colaboradores nacionales e internacionales.
EXPERIENCIA POSDOCTORAL
El desarrollo de la investigación en el laboratorio nacional se constituye posteriormente en el principal reto para cobrar carta de pertenencia a la comunidad científica internacional. Será hora de que el progreso de los estudian-tes marque el destino de la carrera del profesor. En este punto, la experiencia posdoctoral, esta vez en el campo administrativo y disciplinario, vuelve a tener importancia, pues ésta facilitará la conducción del laboratorio del nuevo líder.
Sin lugar a dudas, el entrenamiento posdoctoral implica una fuerte organización de planes, recursos financieros y de la administración del tiempo. Esto también obedece a una razón sencilla: el posdoctorante, conductor de su proyecto, es casi siempre el responsable de la parte administrativa del mismo. Éste es un entrenamiento que difícilmente se recibe en etapas anteriores de la formación científica.
Es imposible hacer una relación detallada de todos los beneficios que acarrea la educación posdoctoral, y muy seguramente las experiencias individuales generarían puntos de vista muy diferentes, concordantes y discordantes; pero no creo dudar del enorme impacto positivo que ha tenido este periodo de formación académica en todos los que hemos tenido acceso a este grado de entrenamiento.
Será tarea de los estudiantes en los programas de posgrado obtener esta información de sus tutores, en la inacabable tarea de la formación personal.
Algunos años me han enseñando que un ambiente informal, ojalá con un buen café o con un par de cervezas, son la mejor oportunidad para recordar y reflexionar acerca de las experiencias posdoctorales personales, con los atrevidos jóvenes que desean desarrollar una carrera científica. Difícilmente este tema es un tópico de laboratorio.
