Ismael Vidales Delgado

Don Francisco es un anciano de 75 años, dueño de una regular fortuna que le permite vivir sin privaciones, pero tiene un problema: se le olvidan las cosas. Desde hace varios años empezó a olvidar dónde vivía, quién era su esposa, llamaba a sus hijos por nombres que no eran los suyos, hasta llegó a olvidar que ya había tomado sus alimentos. Sin embargo algunas veces tiene momentos lúcidos.
Uno de esos días en que “funcionaba bien” le dolía enormemente una muela y como su esposa no estaba en casa y sus hijos viven con sus respectivas familias lejos del vecindario, tomó su automóvil y se dirigió al consultorio del dentista. Manejó más de seis horas, olvidó todo, sus familiares angustiados los buscaban ya por todas partes.
Don Francisco a sus 75 años, se puso a llorar como un niño adentro de su automóvil porque ni siquiera sabía quién era ni cómo se llamaba. Casualmente pasaba junto a su automóvil el hombre que recoge la basura en el vecindario y lo reconoció, sabías de su problema, así que no hizo preguntas, sólo lo abrazó amorosamente, y lo condujo hasta su casa, donde todos agradecieron al humilde trabajador, sus bondadosa atenciones para con don Francisco.
¿Cuánto le debemos? Le preguntó uno de los hijos de don Francisco. ¡No me insulte, joven! ¡Don Francisco es mi amigo, el me recogió cuando era yo un borracho y me buscó este trabajo, que aunque humilde, es un trabajo honrado!
