El primer mandamiento: «Conócete a ti mismo»

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Autor desconocido

(Tomado del libro Words of Wisdom, de Gareth Southwell. Tradución de Félix Ramos Gamiño)

KnowThyselfTal vez sea bueno que este famoso consejo, tradicionalmente la piedra angular del conocimiento, sea de origen incierto. Inscrita en el pronaos del Templo de Apolo en Delfos, Grecia,  ha sido atribuida a varios filósofos y sabios de la antigüedad: Tales, Heráclito e incluso Sócrates. Sin embargo, la atribución más tentadora es la más mítica: un pronunciamiento de Apolo –el dios griego de la verdad, la profecía y las artes, el patrón de la misma filosofía- entregado vía el Oráculo de Delfos. 

Pero, ¿qué significa? El oráculo era notablemente y –algunos lo han sugerido-, deliberadamente críptico. Consultado por los pobres y los poderosos, en asuntos domésticos y del Estado, su posición resultaba precaria en ocasiones: noticias desagradables o consejos no bien recibidos, dados a la persona equivocada, podían tener peligrosas consecuencias. La oscuridad era, por lo tanto, la política más segura: que quien hacía la pregunta interpretara la voluntad del dios.

En consecuencia, los filósofos han dado a este consejo interpretaciones diferentes: Platón, por ejemplo, dice que debemos apreciar una comprensión intelectual de la verdadera naturaleza de las cosas (porque la mente es el verdadero yo); mucho más tarde, René Descartes sostiene que la certeza respecto de la naturaleza de la mente o del alma es la base del conocimiento en general; más tarde aún, Friedrich Nietzsche dice que el análisis del yo es esencial para comprender cómo adaptamos el conocimiento a nuestros propios propósitos (todos nosotros somos más grandes artistas de lo que nos imaginamos).

Sin embargo, puede tener una aplicación más humilde. Yo puedo conocer mis propias limitaciones, mis errores y mis faltas; yo puedo conocer mi propia mente; de lo que soy capaz; de lo que siento o deseo. Esta es, tal vez, una consideración menos abstracta y filosófica; pero, podría decirse, más fundamental e importante: profesar que se busca la verdad es noble, sin duda alguna; pero si no evalúo primero al buscador, ¿cómo puedo saber que estoy debidamente preparado? Si no investigo mis propios motivos, ¿cómo puedo saber que obro de la manera correcta? Y si no puedo distinguir la verdad del deseo, ¿cómo podré reconocerla si alguna vez la encuentro?

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