Educación para adultos

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Dr. Roger Diaz de Cossio

Doctor Roger Díaz de Cossío 

Definiciones y aclaraciones

Llamamos educación para adultos a la que deben recibir o lograr personas mayores de 15 años que no han terminado la primaria o la secundaria. Llamamos rezago educativo al número total de personas mayores de 15 años que no han terminado la secundaria, la primaria, o que son analfabetos según la floja definición del Censo. Este número cambia con el tiempo. Ahora, al comienzo del año 2014, el rezago es del orden de 33 millones de personas. Este es el indicador más claro y horrible de nuestro  desigual subdesarrollo. La mayor parte de las personas en rezago son pobres.

Para el sistema educativo mexicano una persona adulta es quien tiene 15 o más años. Y una persona en rezago es un adulto que no ha terminado la secundaria. El concepto de rezago debería extenderse a los que no han terminado el bachillerato, ya que ahora la educación media superior es obligatoria. En esta condición están como quince millones de personas. 

Los pobres

Hay todo un sector de la educación que está mal atendido porque le dedicamos muy escasos recursos económicos y esto se debe a la visión que tenemos de ellos, visión producto de nuestra cultura, que dice que son poco importantes o en términos económicos, no rentables.

Somos una sociedad racista y por eso no vemos ni a los pobres ni a los adolescentes. Es más, a los indígenas, que son una parte importante de los pobres, los queremos educar por separado, de formas muy parecidas a como se trataba a los negros en Estados Unidos durante el siglo xix y poco más de la mitad del xx, hasta el movimiento de derechos civiles, debido a la famosa sentencia de la Suprema Corte norteamericana “separados pero iguales”.

Los bienes educativos siempre se han distribuido desde arriba hacia abajo, desde los más ricos hasta los más pobres. A pesar de esto, en México se han creado varios programas para pobres, para los más desfavorecidos de la población. Estos han sido:

a) Educación indígena. Se maneja por separado la primaria en las distintas regiones.

b) Educación telesecundaria. Opción con un profesor por grado para que pueda darse en regiones alejadas.

c) Cursos comunitarios. Con jóvenes asesores que funcionan como maestros que dan clases de preescolar y primaria en comunidades menores de quinientos habitantes.

d) Atención del rezago educativo. Se creó el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, INEA, para atender a los mayores de 15 años que no han terminado la secundaria, o la primaria o que son analfabetas.

e) Para los jóvenes que no entran o terminan el bachillerato no existe un programa especial. Este es un asunto trascendente.

Ninguno de los programas apuntados arriba tiene prioridad presupuestal, frente a la atención escolar. El caso más notorio es el del INEA que con una población por atender de más de 34 millones de mexicanos mayores de 15 años, tiene menos del uno por ciento del gasto educativo. Los otros tienen pequeñas partidas presupuestales, salvo para el último grupo, los jóvenes adolescentes discriminados de los que dependerá nuestro futuro como nación próspera y justa.

El problema de los jóvenes sin atención es muy grave. En grandes números, atendemos en algún tipo de bachillerato, más o menos a la mitad de la población de la edad 16 – 18 años. Y de los que entran, como la mitad no terminan. O sea que uno de cuatro jóvenes tendrá la oportunidad de ir a la universidad. Y ¿qué le pasará a los otros tres? Nada. No saben hacer nada. Serán cerillos, mandaderos o espías para las mafias criminales. Y en diez o quince años tendremos tres cuartas partes de nuestra población adulta no preparada e incapaz.

Estamos como en 1981, cuando ya se había hecho conciencia sobre la enormidad del rezago, y se creó el INEA. No es que se le hayan dado muchos recursos para su operación, pero ahí está, otorgando unos 300,000 certificados de secundaria por año.

Los excluidos

Los sistemas educativos nunca toman en cuenta a los que se salen o no comienzan ciclos y grados. Las estadísticas educativas se refieren a las matrículas en los grados y ciclos escolares convencionales. Rara vez vemos en México – y en otros lugares del planeta – publicadas las estadísticas escolares junto con lo que nosotros llamamos rezago educativo.

Durante años y años se habló de los analfabetas y se hicieron enormes campañas para reducir su número. Y siempre se fracasó. Ahora se sabe que es fácil enseñar a leer y escribir a un adulto en seis meses, pero que, si no cambia su situación socioeconómica o continúa estudiando siquiera hasta el equivalente del 4º grado de primaria, la habilidad se pierde por desuso en otros seis meses. Debemos cambiar lo que llamamos alfabetización y hacerlo equivalente con la primaria. Decir que alguien sin primaria no es alfabeto. Si no lo hacemos, seguiremos malgastando el dinero en piadosas e inútiles campañas para enseñar rápidamente a leer y escribir.

Pero los analfabetas no son los únicos excluidos y quizá sean actualmente los menos importantes en términos económicos o numéricos, la mayoría mayores de 40 años. Son unos 6 millones. Los que no terminaron la primaria son unos 12 millones y los que habiendo terminado la primaria no terminaron la secundaria son unos 17 millones, todos hombres y mujeres mayores de 15 años. Todas estas son cifras aproximadas basadas en el Censo 2000.

Tenemos más excluidos. Los que habiendo terminado la secundaria, no entran o no terminan el bachillerato, unos 15 millones. Finalmente los que no entran o no terminan la educación superior, digamos otros dos o tres millones de personas, incluidos todos los pasantes que no se recibieron.

La espantosa conclusión es que los excluidos son un número mucho mayor que los incluidos en la matrícula, 53 millones contra poco más de 30 millones. Y todavía falta decir que cada año más de un millón de niños no entran a la escuela, serán los futuros excluidos.

¿Por qué tenemos esta terrible situación?

La respuesta convencional, porque tiene mucho de cierta, es que las personas no estudian o no terminan los ciclos por razones económicas. Los padres no tienen dinero para mandarlos a la escuela. Siempre he creído que este argumento es una manera que tienen las autoridades educativas de disculpar su ineficiencia: “si los alumnos no pueden llegar, yo no puedo hacer nada”.

Sin duda la pobreza es el factor más importante que explica las exclusiones en educación. En todos los países los ricos tienen más grados de escolaridad que los pobres. Pero esto no quiere decir que no se emprendan proyectos compensatorios desde el sistema educativo. El más importante de ellos es el del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos que tiene la encomienda de dar primaria y secundaria a los mayores de 15 años y lo hace al ritmo de unos 300,000 certificados de secundaria por año, que es para lo que alcanza el presupuesto.

La educación escolar consume cerca del 99% del gasto educativo del país y la de adultos, el 1% restante, situación no equitativa. Mas esto no basta para ir llegando a la equidad, tenemos un rezago enorme, en todos los niveles.

Debemos hacernos varias preguntas fundamentales. ¿Debemos pensar en alcanzar en varias décadas siquiera once o doce grados de escolaridad? Si este último es el caso, ¿cómo y en cuánto tiempo enfrentaremos el rezago de los con secundaria pero sin bachillerato? ¿O los dejamos así hasta que mueran? Habremos de acreditar rutas alternativas de educación, porque con las que tenemos no nos alcanza para nada. Dejándole su tarea al INEA, todavía nos quedan unos 23 millones de excluidos, unas ocho veces más que la actual matrícula de nuestro viejo bachillerato barrediano.

El suprimir la tesis profesional no sólo hacia el futuro, sino retroactivamente, volvería ciudadanos no discriminados a los pasantes y reduciríamos los excluidos en cerca de un millón de personas. Lo que se haga por acreditar conocimientos y grados mediante examen reducirá a los excluidos.

La aplastante rigidez y autoritarismo del sistema educativo hace que estemos produciendo empleados que siempre esperan que se les diga lo que tienen que hacer y necesitamos emprendedores imaginativos. Cualquier medida que introduzca flexibilidad al sistema, lo mejorará y lo hará más productivo, porque evitará la deserción y reducirá el número de excluidos.

Aunque se vea colosal el reto, debemos inducir cambios en la cultura educativa de nuestro país para sobrevivir. De seguir como estamos, con las inercias históricas, los cotos de poder y las corporaciones que velan por sus intereses, nos estaremos retrasando cada vez más en todos los órdenes de la inteligencia y el saber. 

Intolerable rezago

Un sexenio más comienza y seguimos con un tercio de la población del país en rezago educativo, es decir, con 35 millones de hombres y mujeres, mayores de 15 años, que no han terminado la secundaria, o la primaria, o son analfabetas. No hay indicador más terrible de subdesarrollo, no lo debemos tolerar porque aquí, sí sabemos cómo hacerle. Los ‘cómos’ son muy claros.

Tenemos la organización y los sistemas pedagógicos. Nos faltan los recursos económicos porque nunca ha habido voluntad política para resolver el problema, ni por parte de la Federación y menos por parte de los gobiernos de los estados. Los adultos en rezago no son clientela que demande. Parece que no se le da importancia al problema cuando, si no comenzamos a resolverlo, siempre seremos un país atrasado, el patio trasero de los Estados Unidos.

En el rezago educativo se encuentran los sectores más pobres de nuestra población: Los indígenas, los campesinos de autoconsumo, los miembros del programa Oportunidades (con la beca se logra que los niños vayan a la escuela, pero no se educa a los padres), las domésticas, los habitantes de las zonas marginadas de las ciudades. En otras palabras, rezago y pobreza están íntimamente vinculados. Combatir el rezago es combatir la pobreza.

Dentro del rezago, los analfabetas son los que tienen menos importancia. Ya son pocos y casi todos mayores de 40 años. En ellos, sólo en ellos, se ha invertido en costosas y piadosas campañas de alfabetización que no han tenido el menor resultado. La habilidad de leer y escribir se puede adquirir en seis meses, pero si no se practica en los siguientes seis meses, se pierde por desuso.

China e India son potencias porque tienen unos 300 millones de educados, pero tardarán décadas y décadas en ser países justos para todos sus habitantes. A cada una le quedan más de mil millones de habitantes pobres e ineducados. Nosotros, por el contrario, tenemos la oportunidad de ser justos y de aspirar a que todos los mexicanos tengan un mínimo adecuado de bienestar. Para esto basta con que empecemos a reducir el rezago educativo. Al hacerlo nos volveremos más productivos y competitivos.

Cuando educamos a un niño, sabemos que lo que aprenda lo va a aplicar años después, como adulto. Cuando educamos a un adulto sabemos que lo que aprenda hoy en la tarde lo aplicará mañana en la mañana.

Al principio fue por cobertura, pero el rezago ahora se origina en la ineficiencia del sistema de educación básica. Cada año cumplen 15 años unos 800 mil adolescentes sin haber terminado la secundaria o la primaria porque se salieron antes de la escuela. Cada año, también, se mueren los viejos.

Así, en pocos números simplificados, si no logramos que medio millón de personas adultas mayores de 15 años acrediten cada año la secundaria, el rezago seguirá aumentando cada año. Durante los últimos tiempos el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, INEA, ha tenido recursos para otorgar unos 300 mil certificados de secundaria. O sea, que cada año el rezago ¡aumenta en 200 mil personas!

Ahora quiero hablar un poco de los ‘cómos’. Desde la década de los años setenta se empezó a formular la idea de rezago educativo y a proponer maneras para combatirlo. En 1981 se fundó el INEA como institución federal exclusivamente dedicada a la educación de los adultos. Y en los últimos años se desarrolló un sistema excelente de libros para adultos. Los libros se van estudiando y acreditando, hasta que se acumulan suficientes para un certificado de primaria o secundaria.

En cada estado de la República existe un instituto estatal de educación de adultos que sólo aplica los escasos fondos que le manda la federación cada año. Es fundamental que los gobiernos estatales apoyen con fuerza y generosidad a sus institutos. Hasta ahora ninguno lo hace. Hay estados donde el problema es mayor que en otros. Los estados del norte tienen mejores indicadores de rezago, aunque éste sigue siendo enorme en cada uno de ellos. El mayor rezago en números absolutos, millones y millones de personas, lo tiene el Estado de México y los peores indicadores están en el sur, en Oaxaca, Chiapas y Guerrero.

Ahora parece que gracias a un acuerdo maravilloso expedido por Miguel Limón, el famoso 286, va a poderse acreditar la secundaria y el bachillerato mediante examen que está preparando el CENEVAL para que se aplique a mayores de 15 años que demuestren haber terminado la primaria. Esta es una nueva avenida prometedora que, si se aplica con inteligencia y entusiasmo, podrá contribuir a la reducción del rezago de maneras significativas.

Desde hace años se dedica a la educación de los adultos no más del uno por ciento del gasto educativo. El otro 99% se dedica a la educación escolarizada. Esta es una situación no equitativa, muy injusta. Para lograr que cada año el rezago sea menor que el año anterior se necesita multiplicar por cuatro o cinco el presupuesto otorgado, entre Federación y gobiernos estatales. Esto es absolutamente factible, sería un gran acto de justicia social y nos encaminaría hacia el desarrollo. 

Analfabetismo

Se siguen anunciando proyectos y programas de alfabetización sin calificar. Uno reciente fue de la Secretaría de Educación del Distrito Federal que, según la prensa, esperaba llegar a tener cero analfabetos al fin de su mandato. Esta es una aseveración imposible de cumplir. Aun en los países nórdicos existe un porcentaje pequeño de analfabetas: personas ancianas, quienes tienen discapacidades y no pueden aprender, los campesinos que nunca en su vida han tenido necesidad de usar el alfabeto.

Por otra parte, el Distrito Federal es la parte de la República con el mínimo porcentaje de analfabetos, ya muy cerca de los números de países avanzados.

Hemos dicho muchas veces que las campañas de alfabetización siempre han sido un fracaso en México, porque podemos enseñar a leer y escribir en seis meses, pero si después no pasa nada, la habilidad se pierde por desuso en los siguientes seis meses. La alfabetización no es más que una primera etapa de una primaria para adultos que si no se lleva por lo menos hasta el tercer grado, no consolida la habilidad de saber leer y escribir para siempre.

En México se ha visto el analfabetismo como una enfermedad que hay que curar con tratamientos emergentes, de corta duración y con muy pocas medicinas (personas, cartillas y seis meses de tratamiento). Entonces se declaran fuertes, piadosas y sagradas campañas de alfabetización en las cuales se han gastado millones y millones de pesos con resultados casi nulos durante todo el siglo XX.

Desde 1900 hasta 2000 siempre hemos mantenido el mismo número de analfabetos, unos seis millones. Lo que ha pasado es que la población y la escolarización han crecido enormemente y como el índice de alfabetización se calcula como porcentaje de la población de 15 y más años, este número ha ido bajando.

El verdadero reto es educar a todo el rezago. Deberíamos cambiar de lugar la designación de analfabeto y decir ahora que lo es quien no haya completado la primaria. Así nos enfrentamos a un enorme desafío y dejamos de pensar en campañitas.

La virtud de los programas del INEA es que ahí la alfabetización es solo el arranque de la educación para adultos y se puede llegar hasta la acreditación de la secundaria.

La política más importante de implantar sería llamar rezago también a los que terminaron la secundaria pero no el bachillerato. Dijimos que son unos 15 millones. Aquí funciona muy bien el examen del CENEVAL. Y habría que ampliar también el encargo del INEA para que pudiera acreditar el bachillerato.

DATOS DEL AUTOR

Investigador del Instituto de Ingeniería de la UNAM

 

COMENTARIO

El maestro Roger Díaz de Cossío, con una gran experiencia en el campo educativo, es contundente al señalar que 33 millones de mexicanos están en rezago educativo, no terminaron la secundaria y el síndrome de olvido los coloca en la situación de analfabetas funcionales, y si a eso se le agregan los 15 millones que no terminaron la preparatoria, tenemos un país en el que casi la mitad de la población no tiene capacidad para incorporarse al proceso productivo, ni conocimientos básicos suficientes para salir del terrible flagelo de la pobreza.

El autor muestra que el Instituto Nacional de Educación para los Adultos recibe sólo el 1% del presupuesto educativo y la proporción mayoritaria se dedica exclusivamente a la escolaridad organizada y sistemática de primaria, secundaria y preparatoria, olvidando que los 55 millones de mexicanos antes mencionados, la mayoría forma parte del ciclo inexorable de la ignorancia y la pobreza.

Dice: “…tenemos la organización y los sistemas pedagógicos pero nunca ha habido voluntad política para resolver el problema, ni por parte de la federación y menos por parte de los gobiernos de los estados. Los adultos en rezago no son clientela que demande; parece que no se le da importancia al problema cuando no se trata de resolver; si seguimos así, seremos un país atrasado, el patio trasero de los Estados Unidos…”

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