Maestro

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Ismael Vidales / ividales@att.net.mx

Texto escrito en 1968 un 15 de mayo, “Día del Maestro”, puesto en poesía coral y musicalizada por Sergio Guadiana, pero a mi juicio, válido por siempre.

 

Y se vistió con el traje siemprevisto,

y se cargó de complejos y de culpas,

y recorrió el camino polvoriento,

y “correteó” diez camiones siemprehumeantes,

y quemó las suelas ya quemadas,

y firmó los diarios de asistencia,

y padeció retardos, rayas rojas, reportes … y descuentos.

 

Cundo llegaba mayo, la farsa continuaba,

cargado de regalos, con medallas colgando

y muchos discursos vanos.

 

Una sonrisa limpia su rostro iluminaba,

y unas manos sinceras a todos saludaban,

y se vestía de fiesta … y ese día descansaba.

 

Y una vez ocurrió, -como ocurren las cosas-

que pidió de comer, un poco de salud, trato digno tal vez.

Y su nombre fue inscrito en la lista de espera,

y con la boca abierta se cargó de paciencia,

y esperó para siempre…

su piel se pegó al esqueleto y el sueño lo venció,

y sus ojos ya secos, y sus labios ya mudos emprendieron el viaje,

del que nunca volvió.

 

Y en esa eterna ausencia,

soñó que comía las viandas prometidas,

y que era respetado,

que su risa era alegre,

que ya no tenía hambre, ni el rostro demacrado.

 

Pero un día despertó y era un ser olvidado,

las miradas le huían, y era el nunca esperado,

el siempre inoportuno, el eterno apestado.

 

Y entre el polvo y el tiempo,

aquél de andar tan diestro, sólo dejó su nombre,

sin emoción ni acento,

sólo pidió  por gloria ¡que la clase siguiera!

y que los niños lo llamaran: ¡Maestro!.

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